
(Luanco 1984)
Arde la calle al sol de Poniente
hay tribus ocultas cerca del río
esperando que caiga la noche.
Hace falta valor, hace falta valor,
ven a la escuela de calor.
Sé lo que tengo que hacer
para conseguir que tú estés loca por mí,
ven a mi lado
y comprueba el tejido,
más, cuida esas manos, chica.
Esa paloma sobrevuela el peligro,
aprendio en una escuela de calor.
Vas por ahí sin prestar atención
y cae sobre ti una maldición.
En las piscinas privadas
las chicas desnudan sus cuerpos al sol.
No des un paso,
no des un mal paso,
esto es una escuela de calor.
A principios de los 80 mi vida dio un giro de 180º. De vivir en el mismísimo limbo pasé, directamente, a esperar a que cayera la noche para unirme a las tribus ocultas que había cerca de no sé qué río. Aprendí (mal) a sobrevolar el peligro, pero como iba por ahí sin prestar atención di un mal paso y cayó sobre mí la maldición.
No podía ser de otra manera, llegaron malos tiempos para la lírica y me encontré, fumando varios cigarros y llorando a lágrima viva, en un Dyane6 solitario deseando matarla. Es cierto, sí, crucé el mar en su compañía, pero no volvió a llamarme. Y la olvidé.
Sin embargo, la maldición me ha acompañado desde entonces.
A estas alturas casi estoy por asegurar que todas las secuencias han llegado a su conclusión y que el tiempo no puede esperar. Va siendo hora de que atraviese el mundo, llegue volando hasta el espacio exterior y me busque (y me encuentre) a mí misma sin necesidad de viajar a Groenlandia, ni a Perú, ni al Tibet, ni a Japón, ni a Isla de Pascua, ni a las selvas de Borneo, ni, mucho menos, a los cráteres del mar de los anillos de Saturno.
Y me deshaga, por fin, de ella (de la maldita maldición).
Al fin y al cabo, y espero que no se me vuelva a olvidar, I'm the first, my last, my everything.
















































