sábado, octubre 25, 2008

La vida vomitiva de la realidad (educativa)

He pasado la semana en un puritito vómito (negro).
El lunes, de buena mañana, tuve unas palabras (gruesas) con un compañero a causa de nuestras diferencias de criterio sobre el proyecto de un centro (público), al que (a mayores) han concedido un premio nacional, por dedicar sus esfuerzos, energías y presupuesto (público) a una absurda, inútil, burda, retrógrada y mezquina actividad sobre Educación Vial. Que, desde aquí lo digo, debería desaparecer de los centros sostenidos con dinero público, junto con los Desayunos Saludables de los cojones, la Puta Pirámide, o Rueda, de los alimentos, la jodida Higiene Buco-dental y las redacciones de mierda sobre las vacaciones, por ejemplo.

El martes, destacado en la página oficial de la Consejería de Educación y Ciencia de ésta, mi Comunidad Autónoma, abanderada (nacional) del uso, y empleo, de las TIC en educación y de la innovación educativa, con siete convocatorias interinstitucionales, siete, a sus espaldas de Educación y Promoción de la Salud, me encontré con esto, como ejemplo de buena práctica educativa.
El miércoles, M me envió un cuento sobre la Osa Rosa (alumna de Educación Infantil en el cole del Bosque, donde sólo hay osos), que es una osita mala y retorcida de cojones, que se niega a trabajar, y su seño la castiga sin salir al recreo y sus compañeros ositos la rechazan porque es mala y les habla cuando ellos, que sí que son buenos, están haciendo las fichas, y su madre se avergüenza de ella, etcétera, cuyo autor ha tenido los güevos de mandarlo como muestra de una colección completa de cuentos, todos del mismo jaez, para que los centros la compren y la utilicen para Educar en Valores.
Ayer, jueves, mi compañera Japy me cuenta que un colegio-guetto (alumnado inmigrante, de etnia gitana y viviendas sociales) ha solicitado al Secretariado Gitano un taller de Técnicas de Estudio para Educación Infantil, porque la maestra de Infantil está desesperada (la pobre) porque no hace carrera de su clase (ocho criaturas, ocho, en total).
Y ya, para rematar la semanita, esta mañana, me encuentro con esta noticia de portada en los principales periódicos regionales.

(Y la maestra, oyes, tan contenta, con sus fichitas del otoño, todas igualitas, sus gomets, sus platidecores, sus letras mayúsculas para colorear, atendiendo a la diversidad, fomentando la creatividad y la autonomía personal, contribuyendo a la adquisición de las competencias básicas con un currículo innovador, a la par que novedoso...)

Menos mal que hemos tenido el grandísimo acierto de escoger esta peli para nuestra sesión cinematográfica de los viernes noche.

Menos mal que tengo a Daniel Pennac para sacarme del vómito y del astío, para recordarme que otra Educación es posible.
Menos mal que hay maestras, como mi M, que sí creen en la Educación, que sí innovan, que sí se plantean el por qué y el para qué de lo que hacen, día a día, en sus aulas.
Menos mal que mañana es sábado y, a las doce en punto, estaré celebrando, con el maravilloso personal de la Escuela Municipal de Cerámica de Avilés, en la que he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida, y los que pasaré (D. m.), sus 25 años de existencia.
Menos mal que, después de treinta años, treinta, de profesión, todavía soy capaz de ilusionarme y seguir luchando por la Educación en la que creo.

miércoles, octubre 15, 2008

La vida mágica de los acontecimientos

Descubrí a sir Johh Eliot Gardiner gracias a mis hermanos musicólogos, siempre atentos a las novedades del panorama musical, de la música clásica, se entiende, y pelín quisquillosos (o puristas) en lo que a interpretaciones se refiere.
Sin embargo, la primera vez que escuché el Réquiem de Mozart. interpretado por los English Baroque Soloists y el Coro Monteverdi comprendí que tenía que darle la razón a mi hermano L.: ni siquiera la de Claudio Abbado, que goza de su beneplácito (y del mío), podía compararse a la de sir John.
(El garabato de la derecha es el autógrafo de sir John, que tuve los güevos de pedirle)
Desde entonces, la música de este estirado y peculiar director ha sido una constante en mi vida. Me ha acompañado en mis momentos de soledad (hasta ahora, sólo he podido compartir esta bonita afición con una de mis novias), en algunos paseos por Xagó, mientras pinto mis mandalas o medito, cuando me meto a remojo en la bañera... En fin, que me ha acompañado y, sobre todo, me ha hecho disfrutar lo que no está en los escritos.
Así que, cuando, a principios de año, me enteré de que sería él quien inaugurara la Temporada de Conciertos del Auditorio de Oviedo supe que, esta vez, no me lo perdería.
Y no me lo perdí, gracias a que mi madre se pasó más de una hora en la cola, hasta que llegó mi hermano L. y compró las entradas para casi toda la familia

Fueron dos horas de éxtasis total, de disfrute puro y duro. Dos horas en las que sólo existió la música de Beethoven, Gabrieli, Bach, Schütz y Brahms. Un auténtico regalo para los oídos.
Y para el alma.

viernes, octubre 10, 2008


¡¡¡¡¡Feliz puente!!!!!
Que empiezo a celebrar esta misma tarde, dentro de un ratito, ya, con este evento ME-MO-RA-BLE.

sábado, octubre 04, 2008

El extraño caso de la (maldita) tortilla de merluza

Siendo, como soy, de natural cumplidor y, a la par, solícito, no me quedó por menos que disponerme a satisfacer las demandas de mis fieles seguidoras y, a la vez, intentar tender un puente, o liana, que acercara los extremos del abismo, abiertos a causa de la (maldita) tortilla merluza.
Ingredientes (para cuatro personas)

1/2 kilo de merluza (de la parte del lomo), del pinchu, del Cantábrico.
2 cebollas (1 pequeña y 1 grande)
8 huevos de aldea
Aceite de oliva virgen
Sal gorda y sal fina.

Elaboración

Seleccionar el lomo (el resto, de la merluza, puede consumirse al gusto, bien a la plancha, bien a la marinera...) y cocerlo, junto con la cabeza, añadiendo al agua de cocción un buen chorro de aceite de oliva y la cebolla pequeña, partida en trozos. Salar al gusto con la sal gorda.

Separar y desmenuzar el lomo.
Extraer de la cabeza las partes blandas.

Colar y reservar el caldo para futuros destinos culinarios (próximamente en esta pantalla, amigas). Congelar.

Pochar la cebolla hasta que quede transparente.

Mezclar la merluza con la cebolla y el huevo, batido a conciencia. Salar al gusto con la sal fina.


Cuajar la mezcla en la sartén, procurando dejar una cara más blanda que la otra.

Doblar la tortilla al ponerla en el plato.
Acompañar con ensalada o salsa de tomate (preferiblemente murciano) casera.

Aviso: De consumirse a la hora de la cena, esperar un tiempo prudencial (dos horas, o así) antes de quedarse dormida como un cesto, para evitar una mala digestión y los consiguientes trastornos derivados de ésta: malestar general, insomnio, diarrea, vómitos, dos días a dieta rigurosa, repugnancia hacia la tortilla, en general, y hacia la de merluza, en particular, maldecir (hasta en arameo) la propia glotonería, etcétera.

viernes, septiembre 26, 2008

La vida convulsa de las palabras,

o El extraño caso de la tortilla de merluza.
Cuando Japi nos mostró, durante el vuelo Ranón-Barajas, de las 7.30 am, la portada de su Cuaderno de Viaje, en el que pensaba dar cumplida cuenta de los acontecimientos, a nivel trabajo y a nivel lúdico, que se produjeran durante nuestra estancia otoñal en el Sur, nunca sospechó que tendría que recoger en él momentos de tan intenso dramatismo.
Ni siquiera la propia anfitriona (que dio en organizar una comida multitudinaria, al objeto de celebrar mi inesperada, y extraordinaria, presencia en tierras murcianas), que servía, con su natural gracejo y elegancia, un exquisito arroz a la murciana (al que habían precedido, a modo de aperitivo, también genuinamente murciano, unas huevas de mújol, acompañadas por almendras fritas, aceitunas aliñás y empanadillas de carne), imaginaba que, en plena sobremesa, se desataría la tormenta.
En realidad, caer, cayeron cuatro gotas. Lo gordo fue por la noche, que llovió a cántaros y que, durante más de una hora, los rayos y los relámpagos llegaron a eclipsar, y a enmarcar, los fuegos artificiales de las fiestas de El Cabezo. Pero ésa es otra tormenta, otra historia.
La verdadera y auténtica tormenta (de sentimientos) se desató cuando, al retrotraernos a pitanzas precedentes, enmarcadas en lo que hemos dado en denominar, eufemísticamente, Cena de Chicas del Verano, a nuestra anfitriona se le ocurrió alabar las excelencias de la tortilla de merluza made in Mármara.
—¿Tortilla de merluza? —preguntó C, imprimiendo a su voz un tono de sorpresa y reproche.
—¿De qué tortilla de merluza estamos hablando? —quisieron saber, al unísono, A y Y.
Se hizo un silencio sobrecogedor. Mi M (mi amiga del alma y la niñez) y yo nos miramos de soslayo.
—Yo nunca he probado esa tortilla —aseguró A.
—Ni yo —afirmó Y.
—A ver, que yo me entere —inquirió C—, ¿a quién le habéis hecho esa tortilla? Y, lo que es peor, ¿con quién os la habéis comido? Porque está claro que con nosotras no. ¿Es que hay “otras”?
De nada sirvieron nuestras explicaciones, nuestros intentos de identificar evento y fecha, nuestros esfuerzos por asegurar que esas “otras” no existían, que jamás de los jamases se nos ocurriría cocinar para alguien que no fueran ellas, nuestras amigas del alma (murciana), nuestras chicas, no ya de oro, de platino.
La tensión llegó a cortarse con un cuchillo (jamonero). Y, A y C se unieron en un coro de reproches y reprobaciones. Los hombres, que hasta entonces habían participado en las conversaciones con total naturalidad, se mantuvieron al margen, en silencio, mientras aprovechaban para dar buena cuenta de la tarta de manzana, al estilo alemán (en honor a J), las trufas y los gin-tónic. Japi, mientras tanto, registraba cada detalle, cual sagaz reportera amarillista.
—Nunca pensé que llegaría a decir esto —aseguró C—, pero este asunto ha abierto una brecha en nuestra amistad.
—Una brecha profunda —remató Y.
—Al menos —terció A— dadnos la receta, para que podamos resarcirnos de semejante afrenta.
—¡Ni hablar! —M, que, de normal, es de carácter afable y conciliador, saltó como si la hubieran pinchado — Ya que no os acordáis de la tortilla de mi Marmarita, tendréis que esperar a la Cena de Chicas (eufemismo, sí, eufemismo) del verano que viene.
—NODO y crédito —dijo A, en el colmo de la indignación—. Que le hayáis hecho la tortilla a otras, pase, pero que nos neguéis la receta, lo encuentro de una crueldad intolerable.
—Esto no es una brecha, no, —concluyó C—, acabáis de abrir un abismo.
Ni que decir tiene que el resto de la tarde se vio salpicada por continuas referencias al caso. Un simple comentario, sobre los temas más dispares, servía como disculpa para ahondar en la brecha. Cómo sería, que hasta el inocente tema de Mecano, La Fiesta, que sonaba de fondo en Kiss FM, levantó ampollas.
—No me mentes ese tema, no me le mentes —me pidió C, cuando me permití rememorar la bonita coreografía que habíamos realizado en la Fiesta de Cumpleaños de M, nuestra anfitriona, años atrás (aquella Fiesta en la que acabamos, casi todas, bañándonos en bolas a la luz de la luna) .

Al despedirnos, A me susurró al oído, ¿De verdad no me vas a dar la receta? Me encogí de hombros, miré a M, que nos observaba atenta, bajo el farolillo del porche delantero, y sonreí. Jamás traicionaré a M, pero sé que, en mi conciencia, pesará como una losa el secreto de la mi receta. Hasta la próxima Cena de Chicas, por lo menos.

¿Lograrán nuestras heroínas superar la brecha producida por el Extraño caso de la tortilla de merluza (made in Mármara)? ¿Conseguirán tender puentes que acerquen, o aproximen, los extremos del abismo?
El tiempo, y la tortilla de merluza, lo dirán.
(A mis chicas de platino, a nuestras cenas de verano, a esta comida, fuera de temporada, y a la Región de Murcia, que nos ha (re)unido, y seguirá (re)uniéndonos en muchas más Cenas de Chicas del Verano, D. m.)
(Y a la mi tortilla -de lomos- de merluza, ¡leches!)

miércoles, septiembre 17, 2008



O lo que es lo mismo: mal que me pese, tengo las energías justas para pasar el día y no me da el celebro para más.

jueves, septiembre 11, 2008

¿Onde vas? Onde voy dir, fía, pa Filadelfia

A los quince años, cuando cursaba 5º de Bachiller (2º de BUP/4º de ESO), decidí, animada por la nada despreciable circunstancia de que era la primera vez en mi vida que me enteraba de algo en una asignatura de ese calibre (y de otros), estudiar Ciencias Físicas, o Exactas, o, si no había otro remedio, porque éramos seis y mi familia no podía permitirse el lujo de enviar a sus vástagos a estudiar a otras ciudades del Estado (Autonómico) Español, Químicas, que teníamos la facultad en Oviedo.
Quiso la casualidad, que no existe, que en 6º llegara a mi instituto (me habían expulsado, años atrás, del cole de las RR MM Ursulinas de Jesús —¡Loado sea su Santo Nombre!—, por trasto y por mala estudiante, y mi padre, con excelente criterio, decidió derivarme a la enseñanza pública) una joven profesora de Historia del Arte —muy mona, muy apañada y muy buena profesional— que dio al traste con mi vocación y cambió el rumbo de mi existencia.
Aquella profe, y, tengo que lo reconocer, Obsession (título en castellano: Fascinación), la película de Brian de Palma, en la que me enamoré, perdidamente, de Geneviève Bujold, que hacía de una restauradora que trabajaba en los frescos de San Miniato al Monte. Como, ya de aquella, tendía, yo, a lo que podríamos llamar un bovarismo profundo, quise convertirme en restauradora y, cómo no, restaurar media Italia, o Italia completa, a ser posible.
Es decir, que abandoné mi idea de convertirme en física núclear y me dediqué a seguir la carrera de Geneviève.
Es público y notorio que mi vida profesional ha discurrido por otros derroteros y que a Geneviève la fui sustituyendo por otros personajes cinematográficos o seriegráficos (un suponer, la mi Bette), aunque, eso sí, me licencié en Historia del Arte. Algo es algo.
Sin embargo, mi interés por la Ciencia no ha decrecido con los años y suelo leer todos los artículos que pillo, de refilón. Este medio día, mientras intentaba decodificar y procesar, en El País de ayer, el artículo Arranca la búsqueda de la "partícula de Dios", estuve en un tris de sumirme en una seria y profunda depresión:
El modelo estándar de la física subatómica divide las partículas en dos grandes grupos: las que se constituyen en materia (fermiones, como los quarks) y las que transmiten las fuerzas (bosones, como el fotón). El bosón de Higgs, por tanto —¡por tanto!— sería una partícula.[…] la fuerza nuclear débil podría explicarse —¡explicarse!— mediante una partícula idéntica al fotón… El fotón no interactúa con el campo de Higgs, y como consecuencia —¡como consecuencia!— no tiene masa.
Una visión más calmada de mi realidad me permitió celebrar, una vez más, que la Vida pusiera en mi camino a aquella magnífica profe y a la peli de Brian, y me llevara por otros derroteros, alejados de las Ciencias Físicas, o las Exactas, o las Químicas. O, ¿será que tengo los conocimientos justos para pasar el día?

sábado, septiembre 06, 2008

I'm (like) Bette Porter

Llevo una temporadita de tal calibre que no me ha quedado más remedio que (jugar a) sentirme Bette Porter —en sus mejores momentos de la primera temporada, cuando iba de ejecutiva agresiva, todo el día con el pinganillo del móvil colgando, dando órdenes, a diestro y siniestro al pobre James, batiéndose el cobre en las reuniones de la junta directiva de su museo, negociando con Peggy-Guggenheim-Peabody, etcétera—, so peligro de sufrir varios, y sucesivos, síndromes Stendhal, sin la preceptiva visión de los frescos de Giotto, o similar.
Vamos, que salvando las (mínimas) diferencias: casoplón en West Hollywood, pileta incluida, Saab descapotable, puestazo, cuerpazo, farolillos, collarín de perlas, pendientinos de brillantes, Blackberry (todo se andará), señora oficial, amantes varias, y dos o tres fruslerías más, llevo quince días, y lo que te rondaré morenamía (voy a contarte hasta diez*), igualito-igualico que la mi Bette en los momentos previos a la inauguración de Provocaciones.


Todo empezó el día en que llegué al mi Bigaral del alma, me encontré con un vendaval, procedente del nordés, y decidí montar esti aparatu**, para protegerme del susodicho vendaval y disfrutar de una relajada jornada playera.
Media hora, media, me llevó montarlo, luchando contra el viento, la curiosidad de Bilbo y mi propia inoperancia. Menos mal que no tuve ni que rechazar la ayuda de mi Jodie particular (véase capítulo 5x10 de L, el de las bicis, que no fui capaz de dar con el video ad hoc). En no teniéndola, a la Jodie particular, no precisando rechazar su ayuda. Ventajas de la soltería recalcitrante.
Ahora bien, lo conseguí, como se puede apreciar en este gráfico, y ya pude comer como una señora (mayor), leer el periódico, hacer un cachito de crucigrama y hasta dormir la siesta arrullada por el fragor de la marea.
Luego, ya, vinieron las tropecientas llamadas telefónicas al móvil y al fijo particular (en plenas vacaciones), los mil y un correos electrónicos (también en plenas vacaciones), la reincorporación a ritmo vertiginoso, la agenda echando humo, las reuniones de alto nivel, negociaciones, ponte p´acá y estate quieta, etcétera, etcétera, etcétera.
El martes inauguro mi particular Provocaciones. Ya me estoy viendo, igualita que la mi Bette cuando presentó aquella exposición (que luego intentaron liar a aquel muchacho para que dejara embarazada a Tina), presentando la ponencia inaugural, ante doscientas personas, monísima de la muerte (modelín ad hoc, sin farolillos, eso sí), melena al viento, todo sonrisas, todo glamour, soltura, eficacia y eficiencia, como si me hubiera bastado con chasquear los dedillos.
Hay que se joder, ¡leches!, hay que se joder. O, mejor, jugar a ser Bette Porter. Sí, muchísimo mejor.
* Morenamía. Miguel Bosé y Julieta Venegas en Papito.
** Aparatu. Paravientos

domingo, agosto 31, 2008

La vida agradecida de las palabras


Después de tanto sufrimiento estival. Después de tanto estrés: idas, venidas, encuentros a Mitadelcamino (y al principio, y al final), cenas, celebraciones, eventos y excursiones. Después de tanto dolce far niente, siestas playeras (y en el mi sofá, y en una hamaca prestada), reloj no marques las horas, ponte p’allá, estate quieta, abre la sombrilla (tum, tum, ¿quién es?), cierra el parasol…
Después de todo este sinvivir, por fin (¡Santo Cristo de la Agonía, por fin!), mañana volveré a disfrutar, lo que se dice disfrutar-disfrutar, de la vida.
Sí, amables visitantes y, sobre todo, queridas comentaristas, mañana, uno de septiembre, me reencontraré (D. m.) con la Vida.
En realidad, como el Universoes tan generosísimo conmigo, no tuve por más güevos que reencontrarme con mi yo más productivo y, a la par, eficiente y eficaz, el lunes pasado, por obra y gracia del meracumbé con el que han tenido a bien obsequiarme cuatro de los cinco servicios, de las tres consejerías con las que me relaciono, laboralmente hablando, para sustraerme de tanto sufrimiento y tanto estrés veraniego. Horas al teléfono, decenas de correos, pitos, flautas, y tal y pascual, me han permitido liberarme de la holgazanería y y el relajo que han presidido mi existencia durante demasiado tiempo, justo al día siguiente de mi llegada de Ámsterdam.
Doy gracias al Cielo por tamaño regalo. Tanto frenesí, tanta ilusión (y tanto sueño vano), no son buenos. Tanto vicio (con, o sin, fornicio), no es saludable, ni aconsejable.
A quienes, como yo, os reincorporéis, mañana, a las sagradas tareas laborales; a quienes, como yo, la Vida os da la oportunidad de volver a ser personas (humanas), trabajadoras y responsables, feliz inicio de curso. Al resto, mucho ánimo y mis mejores deseos para la semana que empieza.
¡Adelante con los faroles! ¡Viva el despertador!

viernes, agosto 29, 2008

La vida reveladora de las conexiones mentales

Empecé a colorear mandalas para relajarme antes de ir a currar. Con el tiempo, lo he convertido en un rito. Casi todas las mañanas, después de desayunar, despliego mis lápices de colores, me enchufo al MP3, o no, y coloreo un ratito.
Uno de los objetivos de esta técnica es dejar la mente en blanco, pero, la mente, tan suya, ella, decide ir a su bola y ofrecerme, sin que yo se lo pida, recuerdos e imágenes. Al terminar la sesión escribo lo que se me ha venido a la cabeza. En lo que escribo, suelo encontrar las claves para afrontar aquello que me preocupa, o me inquieta.

Estos días, en los que me ha dado por escuchar, de forma compulsiva, mientras lleno de color los mandalas, el Adagio para cuerdas, de Barber, que, cada vez, me arranca una o varias docenas de lágrimas, he recordado un episodio que ni siquiera es mío, pero que me ha dado un par de claves. He aquí el episodio. Las claves, casi que me las guardo.




Hace varios años, MC, la persona que me libera de realizar las tereas del hogar, las pasó de a kilo (y medio). Su marido no trabajaba, se les había acabado el paro y lo que ella ganaba, limpiando casas ajenas (entre ellas la de una de mis amigas del alma), apenas les daba para pagar las facturas fijas. No pasaban hambre, los padres de ella se ocupaban de que así fuera, pero no podían permitirse ni una sola alegría, ni una sola.
Un domingo por la tarde, a finales de mes, sin un duro en el bolsillo, con la nevera vacía y el ánimo por los suelos, la familia, madre, padre e hijo, que por aquel entonces tenía ocho o nueve años, salió a dar un paseo. Sin saber cómo ni por qué (así me lo contó ella), llegaron hasta una de las pastelerías más famosas de Avilés. Se pararon ante el escaparate. La visión de las tartas, los pasteles, los bollos, las pastas, que no podían permitirse, los hundió más, aún. MC es muy golosa. En aquella época arañaba de las vueltas de la compra las pesetas sueltas hasta que reunía el dinero suficiente para comprarse un pastel. A veces sólo podía permitirse uno a mes, o ninguno, porque, como buena mujer, antes de su pastel estaba la cajetilla de tabaco para él.
Deprimidos por la visión del escaparate, y la consciencia de su realidad, decidieron volver a casa. A mitad de camino, A, el hijo, se encontró mil pesetas en el suelo. Aquel dinero les hubiera arreglado mucho, sin embargo, no lo dudaron ni un instante, volvieron a la pastelería y se lo gastaron todo en chocolate y pasteles.
Aquel mismo verano, MC y J, su marido, volvían de cenar con una pareja amiga y tuvieron un accidente de coche. J se quedó más o menos como estaba, pero con una placa de titanio en las cervicales y el brazo izquierdo inútil. MC anduvo cinco meses con collarín, pero se recuperó perfectamente. Aparte de la pensión por invalidez permanente para J, el seguro del coche les pagó una indemnización millonaria. Lo suficiente para que MC no tuviera que volver a preocuparse de que J, poco aficionado al trabajo, lo encontrara, o no.

lunes, agosto 25, 2008

La vida viajera de las palabras


(Me traje una bolina nueva para mi colección. ¿No ye total?)
Tengo que lo confesar: Ámsterdam me ha atrapado y no me ha quedado por menos que enamorarme perdidamente de ella.
(Puente sobre el Prinsen Gracht)

(Garza real sobre una canoa del Keizers Gracht, a su paso por el Jordaan)
(Puente colgante, leré tan elegante, leré, como el de Bilbao)
Desde mis primeros pasos por Spuistraat, donde teníamos el hotel, hasta los últimos, por el Mercado de las Flores, Leidse-Straat, incluso la Dam, plaza horripenda donde las haya, con su Palacio Real (¿8ª maravilla del mundo?), el Monumento a las Víctimas de la II G. M., el museo de Mme. Tusseaud y su
puerta de entrada al Barrio Rojo, Ámsterdam me ha fascinado.
(Siete puentes de piedra, siete)
Tanto, que no me importó ni un pimiento que nos lloviera casi todos los días, ni que manejarse con el plano se convirtiera en un ejercicio de orientación y paciencia constantes, ni que nuestros pies decidieran seguir arrastrándonos por las calles cuando nuestros cuerpos habían agotado, prácticamente, todas sus reservas, ni que el corazón y el estómago se me hicieran un nudo mientras visitaba la casa de Ana Frank o contemplaba los escaparates en los que las mujeres se ofrecen, de forma brutal, como mercancía de ínfima calidad.
(Pero, ¿esto qué eh lo que eh?)
(Aparcamiento de bicis en Central Station. Over booking)
(Rembrandtplein. Ni un paso más)
(¿Estás segura de que vamos bien?)
Me he enamorado de Ámsterdam. De sus calles, de sus canales, de sus casas (vencidas), de sus fachadas (inclinadas), de sus ventanales (inmensos y siempre abiertos), de las risas que surgen de los Coffe-Shop, de la
amabilidad de sus gentes (y la belleza de sus mujeres, tan estupendas, ellas, montadas en sus bicis, que es que se te va la vista, oyes), de su cerveza de... ¡TODO!
(EL bar de chicas, pegadito a Rembrandt Plein)

miércoles, agosto 13, 2008

La vida variopinta de los momentos veraniegos

No sé si me cambiará el chip cuando me jubile, pero ahora mismo, yo, Mármara, mayor (señora mayor, se entiende) de edad , a trece de julio de los corrientes (tres, cuatro, ocho, cuarto piso, sin ascensor, no hay portero, pero sí vecinos), en posesión de mis facultades mentales (las que sean, que no las vamos a discutir ahora, pero que son las mías propias), puedo asegurar, y aseguro, que me apuntaba a este planazo para el resto de mis días. A éste, o a otro parecido, o similar, al que añadiría, eso sí, un Complemento Específico (no contributivo).
Sea como sea, con Complemento Específico, o sin él (mejor con él, ¡qué tontería!), esto de la vida vacacional me resulta, en dos palabras, fas cinante.

Vale, aún no he encontrado mi swing, pero estoy en un tris, gracias a lamirmana, que me ha dado las claves necesarias para que pueda encontrarlo el día menos pensado (desde aquí te lo digo, hermana, ¿cómo no me habré puesto antes en tus manos?). Ahora bien, lo que yo disfruto en los campos del golf no está en los escritos. Y no quiero pensar lo que disfrutaré cuando vuelva a ejecutar MIS golpes, en vez de perpetrar el 80%, que es lo que hago ahora.
(La perdí en el hoyo 5, a causa de uno de mis golpes erráticos, ¡ains, con lo mona que era!)
Vale, sigo sin descifrar los mensajes que me manda el Universo, en forma de piedrezucas, sueños varios, y tal, y pascual (que es lo que tienen los mensajes del Universo, que son asaz contundentes, pero indescifrables). Sin embargo, ¿y lo bien que me lo paso en el intento del desciframiento, o descifración, de los susodichos?
Vale, el amor me es esquivo. Digo, yo, que por algo será (a ver si soy quién a averiguarlo un día de estos, sin prisa, pero sin pausa), que el Universo no da puntada sin hilo. No obstante, en no pudiendo disfrutar de las mieles del amor, nada mejor que disfrutar del cariño y la compañía de las amistades.

(La historia del evento veraniego por excelencia, en el que J. reúne a sus amistades de toda la vida, en una dinner-party, que para sí quisieran la mi Bette y sus amigas, recogida por J. A.)
(Nuestro anfitrión se esmeró, como siempre, en el menú y la decoración)
Y no tendré (de momentín) un amor de esos que salen en las películas, no,
pero en el terreno de las amistades soy súper-híper-mega afortunada.


(La última bolina de mi colección, regalo de Blasf y Ohne, que han venido a visitarme)
Y, para completar este cuadro veraniego del dolce far niente, las siestas bajo la sombrilla, en el mi Bigaral (de mis entretelas), los paseos por Xagó, las cenas al aire libre, y todo ese largo etcétera en el que no pienso extenderme, me voy de viaje a una de las ciudades que más me apetece conocer.
¿Ye pa quejase? No, no ye. Au contraire, mes amies, ye pa aplaudir hasta con les orelles, y no tien mal que parecer.
NOTA (Es que no me puedo de resistir, oyes): Desde aquí te lo digo, Complemento Específico, si andas por ahí, te me manifiestes, porfa.
Nos vemos a la vuelta,beibis.
 
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