lunes, octubre 08, 2007

La vida dramática de las emociones (II)



(Infierno, William Blake)
Antes de quedarse embarazada de su hija pequeña, Ana había convivido nueve años con él. Lo conocía. Sabía cómo funcionaba, lo que daba de sí, hasta dónde podía llegar.
Sabía, por ejemplo, que su infancia había sido tan desgraciada como la suya propia; que su padre era, y es, uno de esos hombres que maltrata a su familia, física y psicológicamente y que él, como ella, reproducía el modelo que había interiorizado durante su niñez; que reaccionaba de forma violenta ante la frustración y el desánimo; que, cuando se enfadaban, la insultaba, la despreciaba y la amenazaba, aunque nunca llegó a tocarla; que trabajaba un año y medio y luego se acogía a los meses de paro que le correspondían hasta agotarlos; que durante ese tiempo se levantaba a medio día y se pasaba la vida tirado en el sofá viendo la televisión o en el bar, con los amigos; que independientemente de que ella también trabajara fuera de casa, nunca hacía la cama, o iba a la compra, o limpiaba; que cuando se acababa el dinero y no había para tomarse una birra en el bar, el sofá seguía siendo una buena opción; que cuando ella no tenía trabajo y no había dinero para hacer frente a los gastos diarios, la suegra proveía hasta que se acababa el paro y no tenía más remedio que ponerse a currar otro año y medio; que, a pesar de pasarse la vida en el sofá o en el bar, le exigía que la comida estuviera hecha a su hora, y su ropa limpia, y la casa en orden, y la cama hecha; que nunca la apoyaba en sus proyectos; que sus cosas eran suyas y las de ella, de los dos, y que no es que no la quisiera, es que él era, y es, así.
Con este panorama, Ana, a regañadientes, aceptó quedarse embarazada. Esperaba que, con la llegada del bebé, él cambiara.

jueves, octubre 04, 2007

La vida dramática de las emociones


(Electra, William Blake)

Esta mañana me encontré a una de mis ex alumnas favoritas, a la que llamaré Ana. Nunca la había visto tan desesperada, ni siquiera cuando se drogaba a diario. Mientras duró nuestra conversación sus ojos se llenaron de lágrimas en varias ocasiones. No se permitio llorar, porque es una mujer dura y luchadora, a la que la vida ha hecho muy pocas concesiones, pero no pudo evitar contener la rabia y el dolor que la consumen cada vez que piensa en lo que se ha convertido su vida.
Cuando estaba en mi tutoría de 8º de EGB, la primera que tuve cuando llegué aquí, se escapó de casa con su mejor amiga, a quien llamaré Belén, y unos muchachos. Entre las dos consiguieron dinero para comprar un coche de enésima mano y se fueron a Bilbao a pillar costo, también con el dinero que ellas habían conseguido reunir. Ana vaciando la caja del bar que sus padres tenían entonces, Belén, vaciando la hucha de su hermano, en la que el muchacho guardaba el dinero que ganaba corriendo en bicicleta.
No llegaron a su destino. Los muchachos las dejaron en Santander, en la parada del autobús, con el dinero justo para el billete. Las recogí en Oviedo y las devolví a sus familias aquí, en Avilés.
Después de esa frustrada aventura, Belén, bajo la férrea vigilancia materna, estudió peluquería. Con sus primeros sueldos devolvió a su hermano las cuatrocientas mil pesetas que le había quitado. Hoy es empresaria de éxito, se ha casado y tiene un hijo de cinco años.
Ana se fue al instituto, pero no llegó a terminar el bachiller. La droga se cruzó en su camino, hasta que se quedó embarazada y se desenganchó para hacerse cargo de su hija. Trabajó en lo que le salía para sacarla adelante con la ayuda de su madre, mientras el padre de la criatura cumplia condena por tráfico de drogas.
Hace doce años conoció a su actual pareja, empezaron a vivir juntos y hace tres años tuvieron una niña que ha empezado a ir al mismo colegio que su madre y su hermana mayor.
Hasta esta mañana, yo pensaba, por lo que me iba contando cada vez que nos encontrábamos por el barrio, que le iba bien con su pareja y relativamente bien con su vida.
Recuerdo cuando me contó, entusiasmada, que había conseguido sacar el carné de primera, su primer trabajo como conductora de autobús escolar, su primer contrato fijo con una empresa seria. Empresa que la exprimió como un limón y la despidió cuando se quedó embarazada. En cuanto pudo, volvió a la carretera, pero los horarios eran tan abusivos que había días en los que no veía a su hija despierta. Lo dejó. De nuevo se buscó la vida en lo que le iba siendo hasta que, hace unos meses, se compró una furgo para montárselo por su cuenta, repartiendo paquetes, por sugerencia de un conocido. Tampoco tuvo suerte. También en esta ocasión la engañaron, así que no le quedó más remedio que entrar de aprendiz de carnicera en una cadena de supermercados en la que le pagan lo justo para afrontar las letras de la furgoneta, mientras espera a que le salga algo decente para poder amortizarla, y poco más.
Pero Ana no se queja del trabajo, ni de los horarios, ni del sueldo de miseria que le pagan por una jornada que nunca es la estipulada. El problema de Ana es él...
(continuará)

sábado, septiembre 29, 2007

La vida fetén de los fotogramas


Cuando salíamos, encandiladas, de ver la última película de Iciar Bollaín, M. comentó: Éste es el tipo de película que seguiría viendo, y seguiría viendo... Por su parte, T. dijo que se le había hecho cortísima, y yo no pude por menos que secundar ambas mociones y seguir rumiando la maravilla que acabábamos de disfrutar.
No voy a hacer ningún comentario técnico sobre la película, eso se lo dejo a Mirito Torreiro, crítico de El País, que lo hace bastante bien, el hombre. Tampoco voy a hacer apología de la mirada femenina y, mucho menos, compararla con la de ciertos directores (como el de Sin Reservas, sin ir más lejos). Sólo diré que, aunque, según palabras de Samuel L. Jackson en San Sebastián, el cine de acción (y las edulcoradas y perniciosas comedias románticas, añado) pague las facturas, son películas como ésta las que me reconcilian con el género humano y, sobre todo, con el cine.

sábado, septiembre 22, 2007

La vida jodida de los fotogramas



(Sin Reservas, un flim de Scott mecagüentumanto so cabrón Hicks)
Cinematográficamente hablando, vivir en una pequeña ciudad de provincias tiene más contras que pros. Las películas llegan tarde, o no llegan, y si son españolas apenas se mantienen una semana en cartelera o, en su defecto, te las ponen a horarios imposibles, como Caótica Ana, que sólo la dan en dos cines, en toda la provincia, y a las siete y media de la tarde.
Esta noche, que nos apetecía ir al cine, sólo pudimos echarnos a la cara esta peli protagonizada por Zeta Jones y el muchacho de la foto, Aaron Eckhart.
Keit es una mujer independiente (vive sola), inteligente, atractiva, de carácter fuerte y decidido, absolutamente segura de sí misma, en lo profesional, que ha conseguido realizar el sueño de su vida: convertirse en chef de un megapijo restaurante de NiuYor.
Pero no está en sus cabales, la pobre, y se ve obligada a hacer terapia para que su jefa no la despida.
No está en sus cabales (llena de manías, tics, rigideces mentales, traumas..., o sea, un dolor de mujer), porque ni tiene pareja, ni la quiere (rechaza constantemente a un vecino que la corteja con insistencia), y hace, por lo menos, tres años que no tiene una relación. Porque, pa qué, si las jode todas.
Por esas circunstancias desgraciadas de la vida, su hermana se muere en un accidente y ella queda al cargo de su sobrina.Y no se hace con ella, oyes. Y la rapacina lo pasa fatal (ni siquiera come las exquisiteces que le cocina su tita), y la susodicha, peor todavía porque no tiene vocación de madre.
Vamos a ver, Keit, hija mía, ¿de qué te sirve triunfar en lo profesional, si en lo personal tu vida no vale ni pa tomar pol culo? Vives sola, no tienes pareja, no la buscas y, para colmo, ni siquiera tienes vocación maternal.
Menos mal que llega Mirloblanco Nick a salvarte de ti misma y tus penosas circunstancias, hija mía, porque a tu edad no sé que hubiera sido de ti, so censo.
Nick, que a pesar de estar como un queso, ser un excelente cocinero, simpático donde los haya, relajao, divertido, ocurrente, detallista, sensible, buena persona (pero buena, buena, ¿eh?) amante de la ópera y entusiasta admirador de Tutto, coincide que también está soltero y solo en la vida (a mí, esto me escamó, pero debe de ser que siendo hombre lo de estar solo no significa lo mismo que siendo mujer) y, para mayor suerte (de Keit) tiene una mano para las criaturas tan tremebunda, que consigue que Zoe, la sobri, se coma un plato de sus espaguetis a los diez minutos de conocerlo y lo adore instantáneamente.
Keit, que es requetetorpe para lo sentimental, está en un tris de perder a Mirloblanco Nick (¿no se le ocurre competir con él, a la muy inconsciente? y pierde el envite porque los clientes saben lo que vale un peine y, en un momento que Keit se despista porque tiene que atender a su sobri, que las está pasando de a kilo, prefieren a Mirloblanco Nick, y su jefa, que es pérfida y desleal, le ofrece el puesto de Keit, que él no acepta porque es bueno y leal, además de monísimo). Menos mal que Cupido Zoe se las apaña para volverlos a juntar y consigue que su tita, por fin, tenga una pareja, le brote la vocación maternal y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Si queréis ir a verla, ir. Me he dejado algunas cosas en el tintero por no destriparos el argumento.

lunes, septiembre 17, 2007

La vida ingrata de la pandillita interior


(Mareonas de San Agustín en El Bigaral)
No me centro. No soy capaz de ponerme las pilas. Vivo en un permanente mañana será otro día. Vagueo, me disipo, vuelvo a vaguear, repaso la lista de ese montón de cosas que me apetecería hacer si no fuera porque la Mármara Perezosa ha vapuleado (como las olas vapulean las peñas de mi rincón favorito) y dejado completamente kaos a la Mármara Responsable, a la Eficiente, a la Organizada, a la Ordenada e, incluso, a Laquedisfrutaconcualquiercosa. Y vuelvo a vaguear, y a disiparme. Repaso mentalmente la lista de cosas que tengo que hacer, ¡porque tengo que hacerlas!, y me entra una pereza de tal calibre que ni la palabra tarrecer (vocablo del bable que significa aborrecer, dar pereza infinita) basta para definir el estado en el que me encuentro.
En fin, resumiendo, que no hago carrera de mí misma.
Y encima, para mayor escarnio, se ha puesto a llover, ahora que iba a bajar a darle el paseo de rigor a mi par de almas perrunas, al objeto de cenar temprano, mientras veo Perdidos (lo estoy grabando), e irme a la cama a dormir, a ver si mañana, cuando me levante, se me ha pasado este ataque de vagancia absoluta.

sábado, septiembre 15, 2007

La vida incomprensible de los actos humanos

Últimamente, las bodas nos persiguen, a M. y a mí. Ora en Bayas, ora en Xagó, a última hora de la tarde, cuando empieza a apretar la fresca, hacen su aparición la parejita, con o sin madre solícita, y su fotógrafo, dispuestos a completar el álbum de la boda con unas preciosas y naturales instantáneas en el marco incomparable que ofrecen las playas de éste, nuestro Paraíso Natural.
Hasta ahí, todo correcto. Cada cual se hace las fotos de su boda dónde y como más le plazca.
Ahora bien, digo yo una cosa, ¿hace falta que la pobre novia se tire a los pies del novio (con la carga simbólica que ello conlleva), sobre la arena seca, o mojada, como en este caso concreto, y se reboce, cual croqueta? Y, a mayor abundamiento, ¿es preciso que se metan en el agua, se dejen azotar por las olas y acaben calados hasta los huesos y congelados como cubitos? Porque el agua está fría, ¿eh?, fría, fría (si lo sabré yo que me he bañado el jueves y el viernes). Concretamente, el día de autos, a 13º se nos puso, a causa de los vientos del nordeste que azotaron nuestras costas durante diez días seguidos. ¿Tiene alma, ese fotógrafo? Y cabeza, ¿tienen cabeza las parejitas recién casadas que se prestan a semejante dislate? O, ¿será que el bodorrio les nubla el juicio, y el entendimiento?
No me he casado, y dudo mucho de que lo haga algún día, pero, desde aquí lo digo, en el muy improbable caso de que esto ocurriera, yo, ni por un gochu.

martes, septiembre 11, 2007

La vida mágica de los atardeceres


Ayer fui sola a Xagó. ¡Qué regalo, Santo Cristo, qué regalo! Para el cuerpo y, sobre todo, para el alma.
Pensé llevarme el mp3 para que me acompañaran María Callas, Teresa Berganza, Renatta Tebaldi, Joan Sutherland, Montserrat Caballé, Mario del Mónaco, Plácido Domingo, Pavarotti... Sobre todo, Pavarotti, por razones obvias. Pero se quedó en el coche, quizás porque lo que me venía bien era caminar y ser consciente de lo contenta que estoy, de la suerte que tengo en esta vida.
Vale, no tengo pareja (que ya dice M. que es el estado perfecto del ser humano y un punto muy importante en esto del crecimiento personal, por no hablar del tema del sexo, que es punto y aparte), pero en lo demás, no es que sea rica, es que me siento como Rothschild, o el dueño de IKEA, que es su versión contemporánea.
Y decidí que sí, que quiero enamorarme otra vez. Llevaba casi cinco años cerrada en banda. ¿Para qué, me dije, si lo único que atraigo son adictas? Pero, adictas-adictas, ¿eh? Mucho más adictas que yo, que ya es decir.
Bueno, pues, se conoce que, o bien sigo tan inconsciente como hace cinco años, o he mejorado lo suficiente para que me vuelva a apetecer, sin miedo a que se me acerque alguien con la tipología acostumbrada. Y allí mismo, en Xagó, se lo he encomendado al Universo.
Ojos Verdes no me sirve. La muchacha es adicta-adicta y, a mayores, herero-hetero. Además, como dice Paula, una ya no está en edad de enamorarse si no es de una lesbiana y aunque para lo del platonismo (que se lo puede permitir una en cualquier edad, incluso en una tan provecta como la mía), Ojos Verdes, es perfecta, yo, lo que quiero es un Amor con mayúsculas.
Queda dicho. Y como la mía es una fe de esas que mueve montañas, no tengo la menor duda de que el Universo ya está conspirando para que lo consiga. ¿Que por qué estoy tan segura? Porque ayer me encontré una pegatina con una mariquita roja (que dice Anaka que son las que más suerte dan) y una piedra con un arco iris.

jueves, septiembre 06, 2007

La vida festiva de los eventos laborales


Hela aquí (henos de Pravia). Ésta es la bola que me ha regalado Ojos Verdes. Estoy que no quepo en mí de gozo, o sea, que como cantaba Marisol (a la que oigo entonar la cancioncilla en la tele, en este momento, porque tengo a mi madre conmigo y ella ve los programas que ve y no tien mal que parecer), tengo el corazón contento, el corazón contento, lleno de alegría.
Según me contaba ayer, cuando me la dio, en cuanto la vio, pensó en mí y se dijo: "Así vamos a acabar este curso (me la compró a finales del curso pasado), como cabras, con los ojos desorbitados y arrastrando los colmillos por los pasillos".
Pero, no, oyes, no, el curso lo acabamos en sus marcas y éste lo hemos empezado (por lo menos por mis partes) dabuten y con muy buenas perspectivas, también por mis partes, y calculo que por las suyas, porque ya me dijo este medio día, al despedirnos, después de haber invertido media hora en el proceso (y porque me esperaba mi madre, que sino me hubiera ido a comer con ella), con una sonrisa de oreja a oreja, y después de haber hecho mil planes conjuntos (todos ellos en el ámbito de lo laboral, no mos precipitemos), que nos vamos a jartar de vernos. ¡Cooooooooorrecto! ¡Jartémonos, leches!
De todas formas, centrémonos: la muchacha es hetero-hetero, o sea: perspectivas de ligoteo, cero patatero. Clarinete lo tengo. Ahora bien, desde aquí os lo digo, en habiéndola declarado aliciente oficial, todos esos planes conjuntos me requete chiflan, y la perspectiva de jartarnos de vernos, más todavía.
No obstante, he de confesarlo, me temo. Porque me conozco, me temo. Y ya, cagüenmimanto, me he dado motivos para temerme.
Y hasta aquí puedo leer.

viernes, agosto 31, 2007

La vida pública de las palabras

Sabía de la existencia de esta distinción, pero nunca pensé que mi blog pudiera llegar a tenerla, entre otras cosas porque, el mío, no es un blog ni demasiado visitado ni profusamente comentado. Y hoy me he llevado la inmensa sorpresa de que Ripley me ha hecho el gran honor de incluirme en la lista de los blogs que la hacen pensar. Desde aquí te lo digo, Ripley, un millón de gracias. No puedes hacerte una idea de la ilusión que me ha hecho.
Verdaderamente, esto de que te den una distinción, sobre todo si es puramente honorífica, es algo gratificante. Lo que más me ha gustado es la categoría del premio, o distinción: hacer pensar. Siendo maestra de vocación y profesión, siempre he agradecido mucho que mi alumnado me dijera que una de las cosas que más les gustaba de mis clases es que hacían pensar. Ahora, que estoy alejada de las aulas, echo mucho de menos ese tipo de estímulos. Y, mira tú por dónde, resulta que también hago pensar a una persona adulta y que, por más señas, es colega. En fin, que estoy encantada.
El Thinking Blogger Award es una especie de premio o reconocimiento, surgido de la iniciativa de un blogger estadounidense con la única finalidad de dar a conocer otros blogs que nos hacen pensar. Si el tuyo es uno de los escogidos... puedes (o no) seguir estas instruciones:
1.- Si alguien te otorga el premio, escribe un post con los 5 blogs que te hacen pensar.
2.- Enlaza el post original, así la gente puede encontrar el origen del mismo.
3.- Exhibe o muestra el "Thinking Blogger Awards" con un enlace del post que tu mismo escribas. Hay dos modelos de botón para mostrarlo en el blog, plateado o dorado.
Y ahora, siguiendo con el protocolo, procedo a dar la lista de los cinco blogs que me hacen pensar. Hay más, claro, pero como sólo me piden cinco, allá van, en riguroso orden alfabético:

lunes, agosto 27, 2007

La vida estéril de las palabras




Playa La Griega (Colunga)
Vivimos en el país de las prohibiciones. En cuanto no sabemos qué hacer con algún tema, prohibimos. En vez de sugerir, indicar, solicitar, es decir educar, prohibimos. Antes de legislar, prohibimos, a pesar de que es bien sabido aquello de: contra la prohibición, rebelión.
Y como nos incomodan tanto las prohibiciones, en cuando cazamos a alguien vulnerando una de las que no nos afectan directamente, nos erigimos en guardianes de la fe y nos creemos con el derecho a reclamar, increpar (incluso agredir verbalmente), juzgar y, por supuesto condenar.
Los perros están prohibidos en la mayoría de los lugares públicos, así que lo normal es que cualquiera, sobre todo los especimenes del género masculino, se sienta en el derecho de decirnos lo que tenemos que hacer con nuestras mascotas, cómo debemos llevarlas y dónde pueden, o no, estar, situación que puede llegar a tal grado de violencia, que si no fuera por lo que es, lo más probable es que desembocara en una agresión física. Ahora bien, la agresión verbal está garantizada. Y si eres mujer, más.
El otro día sufrí un desagradable episodio de esta índole en los alrededores de esta bonita playa, a la que, por supuesto, no dejé bajar a Bilbo. Insultos, advertencias, amenazas..., en fin, lo de siempre. Incluso llegó a retarme, el hombre, a que me atreviera a probar lo que le iba a hacer a mi perro, si lo pillaba. Menos mal, y así se lo dije, que como (gracias a Dios) no tengo testosterona no necesito ir por ahí violentando a quien creo más débil, ni demostrar que soy la más fuerte de la manada. Ahora bien, poner, lo puse de vuelta y media. Eso sí que soy capaz de hacerlo. Y lo hago, maldita sea.

domingo, agosto 19, 2007

La vida entrañable de los aniversarios




Cuando era pequeña, a mi hermana la llamábamos Ratita. El mote se lo puso mi padre porque era menuda, inquieta, lista como una ardilla y pelín desastraduca.

Sigue siendo inquieta y lista como una ardilla, se mantiene delgada y ágil, pero lo de desastraduca ha pasado a la historia. Historia familiar que ayer rememoramos , como tenemos por costumbre cada vez que cumplimos años, con la ayuda, en esta ocasión, de una PowerPoint que le regalé, en la que hice un repaso completo de sus cincuenta años de vida.

Me he pasado una semana digitalizando fotos, trayendo a la memoria los recuerdos de cuando éramos pequeños, rememorando nuestras andanzas, y las suyas, los veraneos eternos, los juegos en el Campo S. Francisco, los días en casa de LAS tías (nuestras titas del alma), las amistades de entonces, que siguen siendo las de ahora... Su noviazgo (en enero celebraron sus treinta y cinco años juntos) y matrimonio (en abril hicieron las Bodas de Plata), el nacimiento e infancia de mi sobri, sus éxitos profesionales, sus logros personales.

No creo que haya muchas personas que puedan sentirse tan satisfechas de su vida como mi hermana. Quizás no sea del todo consciente, nunca lo somos, pero os aseguro que aquella Ratita, que salía de casa como una princesa y llegaba hecha un desastre, se ha convertido en un pedazo de mujer.

Por eso, y por mucho más:


¡Felicidades, Ratita!

martes, agosto 07, 2007

Lo prometido, es deuda


Lo primero que hice al llegar a Florencia, hace 26 años, fue subir a S. Miniato. Ni Duomo, ni Piazza de la Signoria, ni Ponte Vechio, ni nada de nada. Lo primerito, S. Miniato. Y casi lo último, también, porque según bajaba las tropecientas escaleras, que habíamos subido con el consiguiente calor de justicia, y la total y absoluta perplejidad de Váyolet, mi compañera de viaje, que no acertaba a comprender mi interés por una iglesia vacía, me sobrevino una hemorragia procedente de una incómoda e inoportuna hemorroide (que había sufrido en silencio durante los últimos días de estancia en Roma), que dio con mis huesos en las urgencias del hospital.
El amable doctor que me atendió, después de valorar el asunto y preguntarme de dónde era, sentenció:
-Ritorno súbito a l'Espagna.
Y otra retahila más de la que sólo pude comprender la palabra cirugía.
Por poco me da un pasmo. Cómo sería la desesperación con la que le supliqué al médico que me ofreciera otra solución, porque sólo llevaba una semana en su país y no estaba dispuesta a abandonarlo tan repentinamente, que se apiadó de mí, me recetó una pomada y me dijo que debía hacer reposo hasta que la herida estuviera completamente cicatrizada, no sin antes recomendarme que visitara a mi doctor nada más llegar.
Durante tres días, tres, permanecí en el hotel, tirada en la cama. Sólo salía a dar cortos paseos al atardecer (por aquello de evitarme la calorina) para ver alguno de los lugares que llevaba en mi lista, entre ellos el Palazo Pitti (que me había caído en un examen y me moría por ver en vivo y en directo) y, por supuesto, Il Duomo. Sobre el resto no me quedó más remedio que cubrir un tupido velo.
Hartas del reposo, del hotel y de nuestra mala suerte, abandonamos Florencia, al cuarto día, y nos dirigimos a Padua a rezarle a S. Antonio y pedirle que, por favor, me curara definitivamente la almorrana.
Y me la curó (nunca podré agradecérselo bastante, al médico y a S. Antonio). Y pudimos seguir viaje como si nada hubiera ocurrido.
Mientras permanecía en el lecho del dolor, reprochándole a S. Miniato la jugarreta, me juré que volvería a Florencia lo primero que pudiera.
No fue un ritorno súbito el mío, no. Necesité veintiséis años para regresar, pero no a S. Miniato, que se me quedó, con alguna que otra cosilla más, en el tintero. Circunstancia que he interpretado como un guiño del santo para que no me quede por más que volver, una vez más, y dedicarle mi primera visita.

miércoles, agosto 01, 2007

La vida mágica de los recuerdos



Aquí mi bola nº 84 (la 83 me la ha regalado Ojos Verdes, pero tendré que esperar a septiembre para que pase a engrosar oficialmente mi colección), aquí mi amable concurrencia.
Pues sí, no podía ser de otra manera, ésta me la he comprado yo misma, allí mismo, concretamente en el Mercado de S. Lorenzo, el del cuero, después de haberme extasiado ante el David, la Piedad de Palestrina y la serie de esclavos para la tumba del papa Julio II, que nunca llegó a terminar (ni falta que le hizo), de camino al hotel a recoger las maletas y viajar hasta Venecia, donde no me compré un jersey a rayas ni me bañé en la playa, pero viajé en vaporetto lo que no está en los escritos, y más.
Resulta que ahora las bolas vuelven a estar de moda. A nivel de bola lo tienes casi todo. Por supuesto, el David, el Palazzo de la Signoria, el mismísimo Ponte Vechio, y el de los Suspiros, y las góndolas con San Marcos de fondo..., en fin, todo.
Si no fuera porque llevaba las ideas muy claras, a este respecto, y me obligué a mí misma a no ceder a la tentación del cosumismo bolil (ni a ningún otro), hubiera venido cargadita. Pero me traje ésta, y sólo ésta, por varias razones: porque es la única que tengo con la peana de madera (se vuelva) de las bolas clásicas, por todas las veces que pasé por la Piazz del Duomo (el puto Duomo; todos los caminos conducen al Duomo) y, sobre todo, para poder volver, antes de que pasen otros veintiséis años, y traerme a David o a S. Miniato, al que tuve que conformarme con contemplar desde la lejanía.
(Música recomendada para este post, of course, O mio babbino caro, por María Callas, Sarah Brigthman o, preferiblemente, Kiri Te Kanawa)

sábado, julio 21, 2007

La vida mágica de las palabras


Pues eso...
Ci vediamo, caras(os).

jueves, julio 19, 2007

La vida mágica de los viajes


Vuelvo a Italia. Por fin, después de veintiséis años, veintiséis, vuelvo.
No sé que habrá sido de estos trozos de Constantino, el Grande, si seguirán aparcados en el mismo sitio, si se los habrán llevado a otro más digno. Y no podré comprobarlo porque esta vez no voy a Roma. Vuelvo a Florencia y a Venecia, ciudades que visité un poco de pasada en aquel primer viaje en el que recorrí, entrando por Génova, media Italia.
Acababa de licenciarme en Historia del Arte, pero sabía muy poquito de la vida, en general, y de la nocturna, en particular. Mi compañera de viaje, y gran amiga (nombre de guerra Váyolet), absolutamente lega en la materia, soportó con estoicismo el tute que nos dimos recorriendo los lugares que había llegado a aprenderme de memoria mientras estudiaba la carrera. Sólo se quejó dos veces. Una, cuando después de recorrer media Roma, a pie, llegamos a San Carlino alle Quattro Fontane. No daba crédito a que la hubiera arrastrado hasta allí para contemplar una fachada, para ella, insignificante, y cuatro fuentes mugrientas y que, para mayor escarnio, de la puerta colgara un cartel que nos encontramos demasiadas veces, aquel verano: chiuso per restauro. Otra, cuando después de ascender por la escalinata de S. Miniato al Monte, con un calor de justicia, se encontró una iglesia desnuda y, siempre según su particular visión, humilde.
Pero lo pasamos de miedo. Yo le mostré lo que sabía y ella me inició en los secretos de la noche, absolutamente desconocidos para mí, en aquella época.
Cuando me encuentre, de nuevo, frente a S. Miniato, no podré por menos que llamarla por teléfono. Y nos reíremos juntas del episodio que vivimos allí y que os contaré a la vuelta, en un post que ilustraré con una de las cientos de fotos que sacaré con mi cámara nueva, que para eso me la he comprado.

domingo, julio 15, 2007

La vida peculiar de los paseos dominicales


Esta mañana he salido tempranito a buscar el periódico y a darle el primer paseo a estos dos. De camino hacia el parque me he tropezado con algunos de los habituales, "Paco", "Coqui", "Luna"..., acompañados por los maridos de sus dueñas, también con el periódico, y el pan.
Se conoce que a ninguno de ellos les hubiera apetecido salir, pero, claro, es domingo, y mientras la parienta prepara la paella, o la bolsa de la playa, no les ha quedado más remedio que abandonar el dolce far niente y hacerle los recados. Y no les gusta, oyes, no quieren. Aceptan, porque no les queda otra, pero no quieren. Prefieren quedarse en el sofá viendo las motos o tocándose los güevos, que diría Jesús Quesada, de Cámera Café, mientras ellas hacen las camas, limpian el baño, les preparan la ropa (que previamente han lavado, planchado y guardado en el armario), hacen la comida y dejan la cocina como un pincel, antes de arreglarse comilfó y salir al aperitivo, la playa, o lo que toque.
Pero como no les queda otra, salen malhumorados, arrastrando a los perros, dándoles órdenes imperiosas y tajantes, impidiéndoles relacionarse con sus semejantes, como tienen por costumbre cuando salen con su Mari, que ya dejó las faenas hechas antes de regalarse el paseo.
He observado la misma actitud en las parejas que salen al paseo dominguero con su prole: el gesto adusto, las manos en los bolsillos, o aferrándose al periódico, el reproche en la punta de la lengua, los improperios a las criaturas... Y ellas, monas de la muerte, tacones imposibles, temerosas, sumisas, un par de pasos por detrás, cargando con el cochecito, la bolsa, el juguete despreciado, no sabiendo qué hacer para que él no se despegue más que esos dos pasos, para que no siga increpándola, para que no les grite más a los chiquillos, que ya se encarga ella de gritarles para que el rey de la casa no le monte el enésimo pollo antes de comer.

martes, julio 10, 2007

La vida mágica de las tecnologías


Bueno, pues sí, no me ha quedado más remedio, por fin he tenido que claudicar y me he comprado una cámara digital. Compacta, eso sí, pero con óptica Leica (28/100), estabilizador de imagen, 7,2 megapíxeles..., en fin, una cosa espectacular, para mi escaso gusto que, desde que dejé de utilizar mi Practika y la sustituí por una Olimpus automática, no había tenido en mis manos una cámara con tantas posibilidades.
Y como soy más infantil que una peseta de cromos, tengo que lo reconocer, ando por ahí con mi cámara nueva en ristre, capturando a todo capturar, todo lo que se me pone por delante. Por ejemplo, a mi Bilbo esperando que dejara de jugar con mi nueva adquisición y me tirara al agua.
No lo hice esperar, me tiré y nadamos juntinos un buen rato, mientras Tiza nos esperaba, como siempre, a la orilla ladrando sin descanso (debe de tener miedo a que me pase algo, porque no se calla hasta que salgo).
Ya sé que parecerá mentira, pero tuve, como la mayoría de los días, excepto en pleno agosto, todo este pedazo de cala para mí solita. Lujazo, ¿eh?
P.D.: ¿No hace unas fotos espectaculares, la mi cámara nueva?

lunes, julio 02, 2007

La vida mágica del agua


Este fin de semana ha tocado balneario. Hace varios años que, mis amigas y yo, decidimos clausurar el curso regalándonos un fin de semana de paz, relax, risas, campeonato de Continental (que este año he vuelto a ganar yo, tengo que lo decir), charlas interminables, Tarot, paseos, baños y masajes.
Es decir, un fin de semana que nos dedicamos a nosotras mismas porque sí, porque nos apetece, porque nos lo merecemos y porque nos encanta juntarnos y cuidarnos, y dejar que nos cuiden.
Hemos recorrido unos cuantos, ya. Desde Galicia a La Mancha, pasando por Cantabria, Asturias y, como en ésta y otras ocasiones, Castilla y León.
No tengo palabras para explicar cómo he disfrutado de cada uno de ellos, lo contenta, relajada y renovada que he vuelto, lo muchísimo que me gusta compartir estos días con estas cuatro impresionantes mujeres que tengo la suerte de que sean mis amigas, lo que nos hemos reído, lo que he aprendido de ellas y con ellas, lo que ha significado, y significa, para mí sentirme cómplice de sus vidas.
Pero este año, en Almeida, he sentido, como en ningún otro, el poder de la magia. La magia del lugar, que la tiene, y la que surge cuando unas cuantas mujeres se juntan y son ellas mismas, sin reservas, sin miedo. Sobre todo, sin miedo.

sábado, junio 23, 2007

La vida paradójica de las palabras


Profesor,a. Persona que enseña un arte u oficio.
Maestro, tra. Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase.
El otro día un taxista me explicaba la diferencia entre profesor y maestro. Según él, el profesor es el que más sabe, el experto en alguna materia, y el maestro el que no necesita saber tanto porque enseña a los más pequeños.
Excepto en la enseñanza, Maestro es quien destaca entre los de su clase. Al director de orquesta se le llama maestro, mientras que a los músicos que componen la orquesta se les conoce como profesores. Hay maestros del torero, del cante jondo, de la pintura..., y hasta de la ebanistería.
En educación, el maestro es el último peldaño de un escalafón que presiden los catedráticos de universidad, expertos entre los expertos; el último mono, el que menos cobra, el de menor categoría, social y profesional. Para maestro de escuela vale cualquiera. Y para maestra...

viernes, junio 15, 2007

La vida absurda de los pensamientos


Las personas (humanas) tenemos la cosa de que pensamos. O sea, que tenemos ideas flotando en la cabeza y según las vamos necesitando, las vamos utilizando. Por ejemplo, ante un acontecimiento, suceso, incidencia o circunstancia, se nos presenta, procedente de nuestro archivo, un pensamiento ad hoc.
Acontecimiento: suena el móvil.
Pensamiento(s): Es la mi moza, descuelgo; es mi jefe, que le den.
De este simple (en toda la acepción del término) ejemplo se deduce que cualquier acontecimiento, suceso, incidencia o circunstancia precisa de una reflexión, por mínima que ésta sea.
Sin embargo, cuando se trata de cuestiones complejas, incluso trascendentes, oyes, va y resulta que la reflexión brilla por su ausencia. O sea, que echamos la lengua a pacer, que diríamos en Asturias. Y cuando echamos la lengua a pacer, lo que nos salen son los pensamientos automáticos.
Y, ¿qué son los pensamientos automáticos? Según Luis Rojas Marcos (El País, 09.06.07), son los pensamientos que se forjan con prejuicios o generalizaciones irreflexivas (i-rre-fle-xi-vas) y suelen derivar en juicios tan negativos como desacertados.
Es decir, vamos por ahí dando consejos, sentenciando, hablando ex cátedra, diciéndole a todo el mundo lo que tiene que hacer (porque no tenemos ni puta idea de lo que tendríamos que hacer nosotros), a base de pensamientos automáticos.
¡Hay que se joder, hostia, hay que se joder!
 
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