
(Capítulo 3x10. Bette abandona el retiro voluntario sin conseguir, la inocente, arreglar toda su vida)
En un tris estuve de salir huyendo de mi retiro, como alma que lleva el diablo, al menos cien veces, durante la jornada del sábado. En un tris.
Llegué a mi casa hecha fosfatina. Revuelta como una mona. Removida como qué se yo. Dormí fatal. Entre sueño y sueño, hasta soñé que Ojos Verdes se me avalanzaba y me pegaba un morreo de escándalo, no digo más.
El domingo me levanté tempranísimo y di vueltas por mi casa como una leona enjaulada, hasta que decidí que no quería volver allí. Que no, que no, y que no.
Cuando M. me recogió, antes de las 9 a.m., se lo solté a bocajarro: ¡No quiero ir! Esto no va conmigo. Hay técnicas y técnicas, y ésta no es la mía. No quiero ir.
Ni siquiera me dio opción (conducía ella). Eso sí, me ofreció un par de argumentos de solidez indiscutible y me arrastró hasta allí, a que terminara de removerme, revolverme y convulsionar, so pretexto de que sería mucho peor para mí si no cerraba el círculo.
¡Y yo que pensaba que iba a recolocar los palos del sombrajo! ¡Ah, mísera de mí! ¡Ah, infelice! Si, ya, ni siquiera sé lo que es ¡un palo!
Porque, cerrar, cerré el círculo. ¡Hostia, que si lo cerré! Y, desde aquí te lo digo, M., sabes que te agradezco en el alma que me arrastraras a aquel infierno, pero es que no siento las piernas, ni los brazos, ni el torax, ni el abdomen, ni la cabeza...
Lo que sí sentí, durante este fin de semana, fue todo el catálogo de emociones disponibles. A ver lo que hago ahora con ellas. A ver lo que hago ahora con los jodíos palos del sombrajo (si doy con ellos). A ver lo que hago ahora.



















