lunes, febrero 11, 2008

La vida demoledora de las meditaciones


(Capítulo 3x10. Bette abandona el retiro voluntario sin conseguir, la inocente, arreglar toda su vida)
En un tris estuve de salir huyendo de mi retiro, como alma que lleva el diablo, al menos cien veces, durante la jornada del sábado. En un tris.
Llegué a mi casa hecha fosfatina. Revuelta como una mona. Removida como qué se yo. Dormí fatal. Entre sueño y sueño, hasta soñé que Ojos Verdes se me avalanzaba y me pegaba un morreo de escándalo, no digo más.
El domingo me levanté tempranísimo y di vueltas por mi casa como una leona enjaulada, hasta que decidí que no quería volver allí. Que no, que no, y que no.
Cuando M. me recogió, antes de las 9 a.m., se lo solté a bocajarro: ¡No quiero ir! Esto no va conmigo. Hay técnicas y técnicas, y ésta no es la mía. No quiero ir.
Ni siquiera me dio opción (conducía ella). Eso sí, me ofreció un par de argumentos de solidez indiscutible y me arrastró hasta allí, a que terminara de removerme, revolverme y convulsionar, so pretexto de que sería mucho peor para mí si no cerraba el círculo.
¡Y yo que pensaba que iba a recolocar los palos del sombrajo! ¡Ah, mísera de mí! ¡Ah, infelice! Si, ya, ni siquiera sé lo que es ¡un palo!
Porque, cerrar, cerré el círculo. ¡Hostia, que si lo cerré! Y, desde aquí te lo digo, M., sabes que te agradezco en el alma que me arrastraras a aquel infierno, pero es que no siento las piernas, ni los brazos, ni el torax, ni el abdomen, ni la cabeza...
Lo que sí sentí, durante este fin de semana, fue todo el catálogo de emociones disponibles. A ver lo que hago ahora con ellas. A ver lo que hago ahora con los jodíos palos del sombrajo (si doy con ellos). A ver lo que hago ahora.

viernes, febrero 08, 2008

Meditando, que es gerundio



A falta de monasterio budista en el que encerrarme diez días a sufrir en silencio, dar vueltas alrededor de un templete, pelarme de frío, ducharme a la intemperie y llorar a moco tendido, en un vano intento por recuperar mi vida (ver capítulo 3x08 de L), no me ha quedado más remedio que proceder a retirarme (y destilar mi glamour), durante todo el fin de semana, a un centro de yoga de la capital del Principado, a fin de intentar reencontrarme con mi niña interior y liberarme, a mí misma, de los lastres que, con seguridad, arrastro desde la infancia. Confío en que este periodo de meditación me ayude a recolocar los palos del sombrajo, que los tengo manga por hombro, la verdad, sobre todo en lo que se refiere al espinoso mundo de mis emociones.
Sé que me espera un arduo trabajo, pero me consuela pensar que la distancia, desde la adolescencia recalcitrante en la que me encuentro en estos momentos, hasta esa infancia perdida en el canto de la memoria, no es mucha.
Ya os contaré.
Happy weekend (lez) girls. See you monday.

martes, febrero 05, 2008

La vida traicionera de los fotogramas

Ésta es la escenita por la que llevábamos suspirando (sí, lo confieso, la mitad de mí también suspiraba) cienes y cienes de seguidoras de L desde el final de la 2ª temporada, gracias a la pericia de las guionistas, que fueron alimentando el morbo a base de píldoras convenientemente dosificadas, durante más de una docena de capítulos. Y lo que te rondaré, morena clara, porque esto no acaba aquí, ¿eh?, lo sepáis.
(Quienes no hayáis llegado a la 5ª temporada, abstenerse de da-y al play)
Escenita que, convenientemente aliñada con la iluminación y música adecuadas, va directamente al núcleo duro de nuestras emociones. Emociones que hemos ido construyendo desde la más tierna infancia conducidas, de forma sibilina, por la literatura, el cine, la publicidad, las revistas para adolescentes, las canciones..., y que, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera hemos revisado.
Cienes y cienes de lesbianas de la aldea global, y alguna hetero que otra, nos hemos derretido, emocionado, convulsionado y aplaudido hasta con las orejas al comprobar que sí, ¡leches!, que se quieren, que todavía tienen una oportunidad de volver a reconstruir la ¿ferpecta? pareja que fueron, que el amor verdadero siempre triunfa antes de leer el the end, que por mucho que se empeñen algunas descreídas (fracasadas emocionalmente, sin duda, y solas), la media naranja no es un mito, que, incluso entre las lesbianas, puede darse una relación como ésta: estable, monógama y con proyección de futuro.
¿He dicho pareja ferpecta? Sí, lo he dicho. Rebobinemos. Examinemos el modelín a la luz de la consciencia.
Una, Bette Mariaperfecciones Porter, lleva las riendas de la relación, sostiene la familia con su trabajo, proteje a su señora hasta de sí misma (aunque mirar, lo que se dice mirar, mira muy poquito para ella), la cuida, la mima, le concede todos los caprichos, y hasta la mantiene para que ella, su señora, pueda preparar su cuerpo y su mente para tener descendencia y, así, crear una familia como mandan los cánones. Claro que, llegado el momento y aplastada por el peso de su propia desolación (pierden la criatura que esperaban) y la de la suya, y abrumada por tanta responsabilidad, no le queda por más que echar unos polvos de escándalo con una carpintera cañón que se le pone a tiro.
Otra, Tina Marujaconvencional Kennard, abandona una prometedora carrera como ejecutiva agresiva para dedicar su tiempo y su vida a la concepción de esa criatura que colmará los sueños de ambas. Mientras, que si al gimnasio, que si salir con las amigüitas, que si risas y empujones, que si jugar a las cocinitas (limpiar, limpia la asistenta), que si anteponer sus propias necesidades a las de su señora, pero pasar de ellas en quinta... En fin, lo que se dice el paradigma de la esposa ferpecta.
Pero, claro, de que se da cuenta de que la suya se la está pegando con la carpintera cañón, rompemos la baraja y, a otra cosa, mariposa.
¿Es éste el modelín que queremos? ¿Es esto a lo que, verdaderamente, aspiramos? Y, a mayores, ¿nos creemos que hemos llegado hasta aquí solinas, sin ningún tipo de influencia exterior?

jueves, enero 31, 2008

La vida incoherente de las ideas


Hela aquí, helas de ele. La pareja lésbica perfecta. El paradigma bolleril por excelencia. La que todas querríamos ser, o tener.
Convivencia, estabilidad (económica, social, emocional...), materialización del éxito (personal, social, económico), monogamia garantizada por decreto, persistencia en el tiempo, continuidad genética, transmisión de la propiedad y los valores (morales)... Resumiendo, la glorificación del único modelo admitido por los valores de la sociedad patriarcal imperante: la familia tradicional cristiana que defienden a ultranza las cúpulas peperas y eclesiásticas.
Un siglo de lucha feminista; la reivindicación de la diferencia; el orgullo gay; la construcción de la identidad; los esfuerzos, casi siempre infructuosos, por lograr la igualdad de derechos y oportunidades, el lugar que nos corresponde, a las mujeres, en el ámbito público y en el privado; decenas de años (y los que te rondaré, morena) intentando conseguir la independencia, la autonomía personal, emocional, económica y social, y la valoración de las tareas tradicionalmente femeninas, para hacerlas extensivas a ambos sexos; el cambio de concepto en la masculinidad y la feminidad alejadas de estereotipos perniciosos...
Y llegan estas dos, y babeamos (yo la primera, o la última, que tampoco es plan de pelearse por el orden). Y justificamos (yo no, pero bueno, vale) la opción de Tina, en aras de una maternidad responsable. Y agonizamos (yo también) cuando presenciamos el deterioro y el final de su relación paradigmática. Y condenamos la infidelidad de Bette con la carpintera, pero disfrutamos (en silencio) con el morbazo que nos da. Y odiamos a Helena Peabody. Y se nos abren las carnes (las mías, en canal) cuando se reconcilian para tener juntas a su hijita. Y maldecimos a Jodie (yo no, pero ése será tema de otra entrada). Y castigamos (castigan las guionistas, pero nosotras asentimos complacidas), ora a Bette, ora a Tina, ora a ambas. Y clamamos por su reconciliación definitiva, y una sexta temporada consagrada a la materialización de su amor eterno. Y sólo queremos que nos devuelvan (really, me too) al sueño imposible del amor romántico.

sábado, enero 26, 2008

La vida reveladora de los fotogramas


El jueves pasado, durante la cena a la que lo invité por haberme ayudado a solventar mis problemas con los capítulos mudos de L, discutía con el mi hombrón, el tema de los referentes homosexuales en el cine. Él, que ya había hablado del tema con la suya, con quien yo lo había comentado previamente, venía dispuesto a rebatir todos mis argumentos y destrozarlos, uno a uno.
Una buena historia de amor, por ejemplo, dijo con la rotundidad de quien se ha preparado el temario, no tiene sexo, ni condición. Por ejemplo, en Brokeback mountain, yo mismo..., y bla, bla, bla.
¡Cooooo-rrecto! Nada que objetar. Brokeback mountain. Y, nada menos que dirigida por Ang Lee. ¿Qué coño pedimos? Si es que protestamos de puro vicio, ¡leches! Y eso que él no sabe, o creo que no sabe, nada de Media hora más contigo, La memoria de los peces, Fish, A mi madre le gustan las mujeres, etcétera. Que si llega a ser consciente, vamos, que me trago mis argumentos a palo seco, sin una sola gotita de vino.
Pero, tiene razón, el mi hombrón. Ayer mismo pude comprobarlo, una vez más, en esta maravillosa película: el mundo cinematográfico está lleno de referentes femeninos, plagado de espejos en los que mirarme y ver reflejado el miedo, la indefensión, la inseguridad, el drama, la lucha, la rebeldía, la resignación, el dolor, la incomprensión, la ilusión, la solidaridad, la supervivencia, la alegría, la complicidad..., la gloria de ser mujer en un mundo de hombres.

miércoles, enero 23, 2008

La vida cómplice de las palabras




Esta mañana, mientras mi terapeuta alternativa se esforzaba por deshacer los nudos de mi maltrecha musculatura y armonizar mi espíritu con un profundo, efectivo y doloroso majase shiatsu, tuvimos que hablar, largo y tendido, del suicidio de Ojos Verdes y , ¡oh, sorpresa!, de L. Fue ella la que me tiró de la lengua, que conste. Habla, habla, me dijo, así te centras menos en lo que te estoy haciendo. Lo que me estaba haciendo era ver las estrellas con esas manos que tiene que, a veces, parecen garfios clavándose en mis carnes morenas. Salgo nueva, la verdad, pero pasar, hay veces que las paso de a kilo. Hoy, por ejemplo.
Pero, vamos a lo que vamos.
Cuando le conté lo de Ojos Verdes, le dio la risa floja. Luego me felicitó efusivamente. No hay comparación entre la tu Bette y O. V., afirmó rotunda. Más no digo.
Ya la he apuntado en la lista para dejarle todo lo que tengo, porque ha visto unos pocos capítulos deslabazados y, en sabiendo que los tengo, ya le tarda empezar desde el principio y acabar por el final, así se le duerma su novia, que es de mucho dormir y a sus horas, por las esquinas.
Según íbamos desgranando los temas y yo le contaba la beneficiosa influencia que está ejerciendo la susodicha serie sobre mi ánimo, ella escribía y escribía en mi ficha. Y debió gustarle lo que oía, porque sólo me puso cuatro flores para mi ración semanal: agua de roca, genciana, nogal e impaciencia (de ésta no me libro ni queriendo).
Si no fuera porque lo que es, me hubiera ido a tomar una infusión al Planet, para completar el tratamiento.

sábado, enero 19, 2008

La vida expiatoria de las palabras, y los actos


Se me ha muerto Ojos Verdes, así, de repente, en una semana. Para ser más exacta se me ha hecho el harakiri ella solita.
Sé que habrá alguna que piense que ha sido Bette Porter la que ha empujado el puñal y se lo ha retorcido en las entrañas, o que, bajo su influencia, fui yo misma la que le dio el último empujoncito, pero no. La mi Bette ye demasiado buena como para perpetrar tamaño crimen.
El puñal se lo ha clavado ella misma, poquito a poco, pero con decisión y contundencia, en tres etapas, tres, como mandan los cánones.
No voy a entrar en detalles porque yo, como la mi Bette, soy buena, a la par que discreta y elegante, y no suelo hacer leña del árbol caído, pero estoy segura de que comprenderéis mis motivos cuando os diga que no puedo seguir perdiendo el tiempo con alguien que espera, como agua de mayo, a que llegue el viernes para ir a ver "Expiación: más allá del amor".

martes, enero 15, 2008

La vida endogámica de las relaciones lésbicas


(Aclaración gráfica al post anterior)
Clara tenía una novia oficial, Angus, con la que llevaba unos cuantos años de relación formal, salpicada por las innumerables infidelidades de Clara, de las que ella hacía caso omiso.
Güendy (con quien yo había mantenido, mucho tiempo atrás, una relación de casi tres años) y su novia Viky (a quien yo había tirado los tejos sin ningún éxito durante una crisis de las gordas con mi pareja de entonces) se habían hecho íntimas amigas de la pareja. Para añadir un poco de chispa a sus anodinas vidas, Güendy se lió con Clara y Viky lo intentó con Angus, alias Fielhastaelfinus. Pero a Viky le atraían muchísimo Clara y su BMW que Angus, que ni siquiera sabía conducir, por lo que, aprovechando que Güendy estaba de viaje por el Cono Sur, se lanzó al ataque, con la pretensión de que Clara dejara a Angus y a Güendy y así convertirse ella en la única copiloto de BMW.
Cuando Güendy volvió de su viaje y descubrió la jugada, montó en cólera, se libró por las bravas de Viky e inició su propia estrategia de acoso y derribo, con éxito intermitente.
Y ahí aparecí yo, recién salida de uno de mis habituales retiros espirituales, ajena a todo lo que se cocía por el ambiente ovetense. Y me enamoré perdidamente de Clara.
El centro de operaciones de todo este cacao era el Frida, el bar de Carmen (con quien yo tuve un corto, pero intenso affaire y que, a su vez, había estado liada, sucesivamente, y por este orden, con Viky y Güendy), que le tiraba los tejos a Angus mientras Clara y yo jugábamos al tenis, bajo la atenta mirada de Güendy, erigida en jueza de silla, y Angus se tragaba varios torneos de voley-playa por la tele.
Y hasta aquí puedo aclarar.

lunes, enero 14, 2008

La vida "literaria" de las palabras



Hace unos años escribí una autobiográfica y catártica novela, cuyo máximo valor fue permitir que me distanciara de la onda expansiva producida por el terremoto (9.9 en la escala Richter) que sacudió mi vida durante dos años largos.
La titulé Esperaré por ti y por tu bemeuve hasta los cincuenta, si hace falta, frase mítica que pronunció la amante con pretensiones de mi amante de entonces, causante del cataclismo, cuando intentaba ganarle la partida a su propia novia, mientras ésta realizaba un viaje por el cono sur, y, de paso, librarse definitivamente de la novia oficial de la susodicha, que interfería notablemente en sus planes.
Aparte del consabido repaso a mi agitada vida sentimental y, concretamente, a la relación que traía de cabeza a la totalidad de mis perjudicadas neuronas, describí, con pelos y señales, sin omitir detalle, el ambiente ovetense y el modus operandi de sus personajes más populares entre los que, modestia aparte, me encontraba.
Por razones que no vienen al caso, y después de un vano intento de publicación, la novelita quedó olvidada en un rincón dispuesta a dormir el sueño eterno.
Pero, héteme aquí que, por obra y gracia de una serie sobre lesbianas y demás mujeres, que estoy viendo esta temporada, y de la que ya os comentaré algo en otro momento, he decidido rescatar mi novela, hacerle una última corrección y dársela a Marcela, que lleva pidiéndome una buena temporada, a ver si se puede hacer algo con ella.
Os mantendré informadas.

sábado, enero 12, 2008

La vida monotemática de las palabras


Bueno, después de multitud de vicisitudes, de emplear hasta tres sitios de descargas diferentes, de pedir socorro a propias y extraños, de enterarme de la existencia del Hacha (y utilizarlo sin éxito, porque el capítulo que me bajé de Vagos, a través de rapidshare, a razón de cuatro descargas diferentes a intervalos de hora y media, era mudo), de utilizar el ordenador del curro para mis mariconadas, de mantener el mío encendido día y noche desde el lunes con la Mula y el Ares (que me había negado a utilizar hasta ahora) echando humo, me he hecho, ¡por fin!, con todos los capítulos de la 4ª temporada de L. Incluso los he grabado, ya, en DVD, y todo, no sólo para mí, si no para regalárselos a la mi amiga Marcela, a quien nunca agradeceré bastante el haberme hecho este regalazo.
Estoy exhausta. Exhausta y pelín ansiosa por empezar a ver el capítulo 7, que es por donde voy. Sí, lo reconozco públicamente, me he tragado los seis primeros a través de la pantalla del ordenador (mi moral es tan frágil y quebradiza que no pude resistir la tentación; con deciros que incluso vi dos sin sonido...). Capítulos que pienso volver a ver, como la señora que soy, cómodamente repantingada en mi sofá, en cuanto termine con este visionado, que para eso me he comprado un DVD de los que te leen hasta las galletas María.
Y hasta aquí puedo escribir. Vais a perdonarme que no os visite esta noche, pero pasa de que tengo que tirarme al sofá y la tele, mando en mano, a dejarme abducir.
Nota: Por si os lo estáis preguntando, sí, soy igual para todo, tenaz y persistente.

miércoles, enero 09, 2008

Nessun dorma



(Al final, llovió toda la tarde)

Nessun dorma
nessun dorma
tu pure, o, Principessa
nella tua fredda stanza
guardi le stelle
que tramano d'amore
e di speranza.
Ma il mio mistero e chiuso in me
il nome mio nessun saprá
No, no, sulla tua bocca lo diró
cuando la luce splenderá!

Volvemos a la rutina, bendita rutina. Levantarse tempranín (no tanto como Glora, gracias a Dios), ver amanecer, desayunar con el informativo, un trocito de mandala para armonizar el alma y prepararla para la jornada (esta mañana con el Intermezzo de Cavallería rusticana y Chi mi frena en tal momento, de Luccia de Lammermoor), el paseo por el parque con los peludos y El País, el reencuentro con mi equipo de trabajo, las horas de despacho, actualizar la agenda, reuniones y previsión de reuniones, y, al final de la tarde, la mirada azul, la sonrisa de Ojos Verdes y la presión su mano en mi antebrazo a modo de despedida.
Volvemos a la rutina. Bendita rutina.

sábado, enero 05, 2008

La vida atípica de los acontecimientos


Esta noche entré por la puerta de mi casa a las seis de la mañana. No, no venía de las Urgencias de HC ni de velar al Santísimo,
FUI A UNA FIESTA DE MUJERES
Sí, así como lo leéis. Yo, Mármara, alias Ana Coreta, alias Sta. Mármara del Mar Muerto, pasé la noche bailando, bebiendo, cantando a voz en grito, rodeada de mujeres (que no se parecían demasiado a las de la foto que ilustra este post, pero que qué más da) y, a mayores, coqueteando como una perra.
Me he levantado con una resaca del quince, pero más contenta que unas castañuelas.
Hacía tres años, tres, que no iba a la fiesta de las Reinas Magas que organiza el Tamara, uno de los bares gay con más solera de ésta, mi ciudad. Y, chicas, no sabéis cómo lo disfruté.
Me reí lo que quise, y más, con el mi grupín (mi ex, única mujer con la que he convivido, su mujer, y una de mis más viejas y cómplices amigas, que es hetero, preciso), vi a gente a la que hace años que no veía, que me encantó, charlé por los codos, bebí moderada, pero sistemáticamente, un número de Tankerays con tónica que no puedo precisar, bailé como si tuviera fuego en el cuerpo, canté todas las que me sabía, coreografías incluidas, y coqueteé, ¡Santo Cristo!, cómo coqueteé. No recuerdo desde cuándo no coqueteaba de esa manera (con Ojos Verdes me doy al coqueteo intelectual, que no ye lo mismo). Ni siquiera recordaba cuánto me divertía hacerlo.
Coqueteo intrascentende, cierto, porque con una de 28, enredada en una relación tormentosa con una casada y novicia, por más señas, estudiando judicaturas (sí, efectivamente, hube de enterarme de todo lo que pude) y varias babeando a su alrededor toda la noche, ya me contaréis, pero coqueteo al fin y al cabo.
Sí, sí, ella también puso su granito de arena, no fue unilateral, y si no me arriesgué a dar una vuelta de tuerca más al asunto fue porque he decidido que me apetece que me seduzcan a mí, que ya está bien de ser yo quien dé el primer paso. No fue por otra cosa, que conste.
¿Será un buen presagio para este año? ¿Será una señal de que el Universo me concederá uno de mis deseos?
Quiero pensar que sí. A ver cómo se portan los Reyes Magos.
¡Feliz noche mágica!

jueves, enero 03, 2008

Bette Porter


Tengo que confesarlo públicamente en este foro, aun a costa del perjuicio que esto pueda ocasionar a mi imagen (si es que la tengo, si es que merece ser conservada):
Me he enamorado perdidamente de Bette Porter. No me ha quedado por menos.
Como será que, en cuanto terminé de ver la tercera temporada, tuve que lanzarme a FNAC, ¡antes de comer!, y hacerme con el pack de las tres temporadas que, ahora sí, estoy viendo despacito, repitiendo las escenas que me gustan todas las veces que me apetece.
Desde aquí lo digo, que se quiten todas las Macas, las Veros y las (¡puaj!) Estheres del mundo, una vez que conoces a Bette, el resto se difumina hasta desaparecer sin dejar rastro.
Vale, sí, lo sé, las mujeres como Bette Porter no existen. Es más, soy consciente (no se me han caído las gafas con cristales color lila de repente) de que el personaje concentra todos los ingredientes necesarios para convertirse en el máximo exponente del paradigma del amor romántico lésbico. No obstante, insisto, no he podido resistirme a sus encantos.
Ahora bien, no fue un amor a primera vista, ¿eh?, no. Al principio hasta me parecía un poco repelentuca, y todo. Empecé a prestarle atención en el segundo capítulo de la primera temporada, con el asuntillo de la exposición irreverente. Me tocó, bastantito, la fibra en la escena del hotel con Peggy Peabody. Me sedujo en varios momentos de las dos primeras temporadas, que no voy a comentar porque quiero ser pesada, pero donde me dejó completa y absolutamente kaos fue en la escena del teatro de la Ópera de L. A.
Y hasta aquí puedo leer.

martes, enero 01, 2008

La vida mágica de los ritos


Hacía muchos años que no le pedía nada al Año Nuevo, muchos. En realidad, hacía muchos años que no pedía nada. Porque había pedido mucho en mi vida, y se me había concedido.
Muchos de esos deseos cambiaron mi vida muy positivamente, pero también es verdad que derramé muchas lágrimas por otros, muchas.
Durante muchos años sólo di gracias. Y seguiré dándolas varias veces al día, porque siento que soy una persona afortunada. Pero este año he vuelto a pedir.
No lo tenía previsto, la verdad. Pensaba regalarme un paseo por Xagó, para despedir el año, mojar los pies en el agua gélida del Cantábrico, sumergirme en la paz que siempre me proporciona la mar y dar gracias por todo lo bueno que me ocurrió durante 2007, pero hubo un detalle que me hizo plantearme las cosas.
Encontré una caracola. No es fácil encontrar una de semejante tamaño y con unos colores tan vivos. Tengo mi baño repleto de conchas y piedrecitas que llevo a casa cada día que voy allí, también algunas caracolas pequeñas, rotas y desgastadas. Incluso conservo, en la bandeja del coche, un ikebana que M. fue construyendo durante la primavera: tres conchas, tres piedras y unas cuantas hierbas que sobreviven a las que recogió para mí. Pero es la primera vez que me encuentro una así.
Ese regalo inesperado me recordó que aún tengo la oportunidad de encontrar aquello a lo que he renunciado. Y pedí.
Escribí mis dos deseos en una hoja de papel y la quemé, con los pies metidos en el agua, para que el humo los hiciera llegar al cielo, para que la mar se llevara sus cenizas.

domingo, diciembre 30, 2007

La vida imprevista de los acontecimientos



Está visto que la mujer, en este caso yo, propone y el Universo dispone.
Ayer por la noche planifiqué mi día al milímetro. Levantarme temprano, pintar un trocito de mandala, con los Cuadros para una exposición, de Mussorgsky, de fondo, organizar mis artículos de prensa, planchar, pasear al medio día por Xagó, terminar allí La suma de los días, de Isabel Allende, tirarme en el sofá a ver unos cuántos capítulos The L Word, terminar el artículo que escribo para Ojos Verdes, hacer mi paseo nocturno con Bilbo y Tiza y rematar la jornada con otros cuantos capítulos de la serie en cuestión.
Aunque me acosté a las cuatro de la mañana, a causa de que no podía desengancharme de la pantalla, me levanté a una hora prudente para llevar a cabo mis planes, pero... amaneció lloviendo. La playa, al carajo. Así que decidí desayunar viendo un capítulo. Cayeron tres. Y si no fuera porque este par necesitaba salir a estirar las patas, juro que ni me hubiera levantado del sofá, pero me tiré a la calle a la una y media y, ya que no podía ir la playa, decidí que la mar viniera a mí en forma de percebes y centollo (como se puede ver en este gráfico), por supuesto del Cantábrico.
Puse la mesa, terminé de enfríar el Lambrusco rosado que tenía en la nevera, introduciéndolo en el congelador unos minutos, encendí la tele y el DVD, preparé el capítulo, y me dispuse a disfrutar, en compañía de "mis chicas L", de una comida de lujo.
El postre, dátiles del Mar Rojo, en el sofá, de donde me levanté a las doce menos cuarto, después de siete horas de sesión ininterumpida, para dar mi paseo con este par de almas benditas que no rechistaron en toda la tarde, pero que ya les tocaba salir un ratín.
Y ahora, en cuanto termine de colgar este post, allá voy otra vez, al sofá, la mantina a cuadros, mi sandwich de queso y los capítulos que me apetezca ver hasta que me caiga de sueño.
¡Cuánta razón tenías, Marcela, esta serie ye adictiva onde les haya!

jueves, diciembre 27, 2007

La vida detallista de las amistades


No es que le tuviera ganas a esta serie, no, es que me moría por verla. Pero que como lo de apuntarme al Canal+ no entraba, ni entrará, en mis planes, y como las versiones que andan rulando por ahí, que se descargan de Internet, no son compatibles con el mi deuvedé, que es finísimo y no se come cualquier cosa, ya me había resignado, cuando, héteme aquí, que el otro día va Marcela me llama por teléfono y me dice: Marmarita, que me he comprado las temporadas completas de L Word, ¿las quieres? Por poco me da un pasmo. Claro que las quiero, ¿cómo no las voy a querer?, le respondí, embargada por la emoción.
Y nada, que esta misma tarde, me las ha traído ella misma a mi casa (que ni he tenido que ir a por ellas, ni nada, oyes) y ahí las tengo, esperándome. Sólo con imaginarme la tarde de mañana (sola en casa, sofá, manta...), con semejante planazo a la vista, los ojos me hacen chiribitas.
En un tris estuve de ponerme a verlas según se fue, pero como ya me advirtió de que es una serie sumamente adictiva le dije a la impaciente que hay en mí que mejor poner una lavadora, recoger unas cosillas, contestar el correo, visitar mis blogs favoritos, que no había podido visitar estos días, sacar a Bilbo y a Tiza a dar su paseín y luego, ya, con la tranquilidad, ponerme a ello. Ya me tarda, pero aún me queda el paseo nocturno.
Aprovecho esta ocasión para constatar que quien tiene una amiga tiene un tesoro, es más, abundo, un tesoro que haría palidecer a los mismísimos Piratas del Caribe. Aclaro que no sólo por este detalle, ¿eh?, que conste, pero, ¿no ye pa comela?

sábado, diciembre 22, 2007

La vida melancólica de los recuerdos


(Rodiezmo, verano de 1964)
Hoy hace veintiún años que se murió mi padre. Cada año, por estas fechas, mientras el alumnado del colegio de San Ildefonso da el pistoletazo de salida a las navidades, yo añoro a mi padre.
De las muchas cosas que he heredado de él es el amor por la música. También por los libros, la lectura, la escritura, el arte. Pero, sobre todo, la música clásica y la ópera. Mi padre fue locutor de radio. Tenía un programa muy parecido a los Clásicos Populares de ahora, del que guardamos todos los guiones, y también transmitía la Temporada Oficial de Ópera desde el Teatro Campoamor, de la que conservamos decenas de libretos.
Uno de los primeros regalos que mi padre le hizo a mi madre fue una radio. Me cuenta mi madre que, cuando estaba embarazada de mí, se sentaba en la salita, dejaba una luz indirecta, cerraba los ojos y escuchaba con devoción las piezas que él programaba y los comentarios que hacía con su voz cálida, serena y armoniosa.
Así que, cada mañana del veintidós de diciembre, elijo alguno de sus fragmentos favoritos de ópera y la Rhapsody in Blue, de Gershwin, uno de sus conciertos predilectos para sumergirme en su recuerdo.

miércoles, diciembre 19, 2007

La vida pérfida de los sueños (y II)


Ayer fue el día. No hoy, como estaba previsto, sino ayer. Al final no fueron tres horas de reunión, sino tres porciones en el antes, durante y después, de uno de los cursos que organizo y al que ella (Ojos Verdes) asiste. La tercera porción en plena calle, con un frío ensordecedor, dedicada a quejas y lamentos varios (los suyos) y subirle la moral (yo), que la tiene al nivel de la sexta galería de la mina de La Camocha (ésa que va bajo el mar), la muchacha. O sea, hacerse cargo del panorama.
Claro, llegó un momento en el que ya se nos caía el moquillo y las orejas amenazaban con hacerse trizas a causa de la congelación inminente, así que le dije que estuviera atenta al correo electrónico que le iba a mandar mi opinión sobre los trabajos infantiles que me había enseñado y un comentario reposado sobre las cuestiones que me había planteado. Y nos despedimos.
Total, que esta noche, a eso de las cuatro de la mañana, me despierto y me sorprendo a mí misma recitando las siguientes palabras a modo de letanía: aprendizaje significativo, porfolio, aprendizajes formales e informales, pedagogía del tiempo...
A las seis y veinte: pedagogía del cariño, aprendizaje por proyectos, cooperativo, entre iguales...
A las siete y media: vuelta al aprendizaje significativo, el porfolio, la pedagogía del tiempo, etcétera, etecétera, etcétera.
A las ocho menos diez me levanto, desayuno, pinto un cachito de mandala, me siento al ordenador y pongo en limpio el resultado de mis sueños.
Pedazo de artículo me ha salido, pe-da-zo. Se me va a quedar Ojos Verdes con los ídem como platos, cuando lo lea. Ahora bien, del subidón, del que son responsables los personajes de la foto (ya puedes estar tranquila, Albahaca), ni rastro.
No hay mal que por bien no venga.

martes, diciembre 11, 2007

La vida pérfida de los sueños


La semana pasada soñé DOS veces, DOS, con Ojos Verdes. Pedazo de montaje romántico, oyes, pedazo de montaje romántico, ambas, las dos veces. O sea, lo que se dice, un peliculón-peliculón en toda regla, al estilo de, qué sé yo, ¿Petri Güoman?, que diría mi madre, pero sin la escena obscena de consumismo delirante.
Estoy desconcertada, a qué negarlo, y pelín alarmada. Porque yo, a lo consciente, tengo muy claro que no quiero nada con esa muchacha. ¡Si es que no lo puedo querer! Si es que, ¡no entiende! Y si entendiera, o entendiese, tiene, la pobre, un lagarejo* mental de tal calibre que tira p'atrás a quien logre acercarse hasta allí**, y yo ya no tengo edad, ni humor, para meterme en semejantes berenjenales, que en bastantes me he metido ya, cuando era más joven, aún, y mucho más inexperta.
Eso sí, como la rapaza lo merece y hace sus méritos (que los hace, ¿eh?, los hace), he dado en adjudicarle el papel de Aliciente Oficial. Pero..., Aliciente sin posibilidad alguna de promoción, es decir, que no pienso darme la oportunidad de cambiarla de categoría, o nivel, así me quede calva.
Lo que más me preocupa y, a la par, me desconcierta, es que creía haber alejado de mí el amargo cáliz de los amoríos románticos, que tantos estragos han causado en mí en el pasado. Pero, claro, después de haber soñado semejantes escenitas, dos veces, dos, la misma semana, ya no las tengo todas conmigo.
Y es duro, ¿eh?, es duro. Que llevo muuuuuchos años trabajándome el subconsciente, el inconsciente, el consciente, el ego, el yo y el superyo, para que ahora, así, a lo tonto lo bailo, se me caigan todos los palos del sombrajo, aunque sea a nivel onírico.
Estoy convencida de que la culpa de todo la tiene Hospital Central y la famosa escenita del Taquillazo, que tan magistralmente comenta La Enredadera en su blog. Menos mal que se acaba mañana, el Hospital Central, porque sería bien triste que por causa de una jodía serie televisiva, al nombre de Ojos Verdes le diera por envenenar mis sueños.
* Lagarejo (del galveño). Lío de proporciones descomunales.
** No hay ni un corazón que valga la pena. Miguel Bosé.

viernes, diciembre 07, 2007

La vida evocadora de los fotogramas



Esta semana he enterrado al último de mis tíos varones. Tenía ochenta y cinco años, pero pasó los últimos tres alejado del mundo la mayor parte del tiempo. Había días que ni conocía a mi tía, con la que compartió más de sesenta años, y le pedía que la llamara, que hiciera venir a aquella mujer guapísima de la que se enamoró y con la que envejeció.
Mi tío fue un hombre bueno (con sus cosas, como todo el mundo, pero bueno), recto, comprensivo, conciliador, generoso, alegre, divertido, trabajador honesto y esforzado, que dedicó su vida a su mujer y a sus cuatro hijos. Y a sus amigos, entre los que se encontraba mi padre, con los que se reunía, mientras pudo, cada tarde alrededor de un vaso, o dos, de vino.
Mi prima, con la que crecí, dice que tuvo una vida plena. Y así debió ser. Se desvivió por darles, a su mujer y a sus hijos, todo lo que él creía que necesitaban. Nunca le oí quejarse, ni pretender tener más de lo que podía conseguir con su trabajo. Nunca le oí criticar a nadie. Ni juzgar ni condenar.
En los últimos años, cuando los ictus cerebrales fueron mermando su consciencia y sus momentos de lucidez escaseaban, solía cantar las canciones de mi abuelo cuando estaba contento.
El suyo fue un atardecer muy parecido al que nos relata esta fantástica película que vimos el miércoles. A veces ausente. A veces consciente. A veces refugiándose en el pasado. A veces rebelándose contra la enfermedad que lo condenó a la inconsciencia y una silla de ruedas. A veces disfrutando plácidamente al sol del medio día, con la mirada perdida . A veces tomándose su vasín de vino a la hora del aperitivo, mientras su mujer y su cuñada, mi madre, se quitaban la palabra la una a la otra.
Sé que se fue con una espina muy grande clavada en el corazón, probablemente la misma que tendrá quien se la clavó, su hijo mayor, fruto de la incomprensión mutua, de los abismos que creamos cuando somos incapaces de mirar más allá de nuestras propias narices.
 
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