Ya se sabe lo atrevida que es la ignorancia. Como tampoco nos es ajena la costumbre de criticar. También nos gusta juzgar y, por supuesto, condenar. Condenar a quienes son diferentes, por el mero hecho de serlo; quizás porque su diferencia se ceba en nuestra inseguridad y hace que se tambaleen los frágiles cimientos de nuestras convicciones.A Evo Morales se le ha juzgado y condenado por ser indio. Y se le ha criticado, aquí y allá, por hacer de la chompa su tarjeta de presentación.
En las tiendas de la Quinta Avenida neoyorquina, éstas y otras prendas -tejidas por las mujeres (madres y hermanas) del altiplano boliviano- se vende a precio de oro. De los cientos de dólares que se obtienen por cada una, sólo unos pocos van a parar a las manos de las comunidades indígenas que las han elaborado.
Evo Morales ha tenido la osadía de recordarnos, luciendo la prenda más preciada de su pueblo y su cultura, cuál ha sido, y sigue siendo, nuestra actitud hacia las comunidades que poblaban un continente que hemos expoliado (y pretendemos seguir expoliando) y cuya población hemos masacrado. ¿Será eso lo que nos molesta?