
(Claudio durmiendo plácidamente en su mata de hortensias)
Ayer recuperé a Claudio. Hacía varios años que no lo veía, que ni siquiera me acordaba de él.
Ayer recuperé a Claudio. Hacía varios años que no lo veía, que ni siquiera me acordaba de él.
Claudio nació en los años ochenta, coincidiendo con uno de mis enamoramientos. Durante el tiempo que viví en pareja, Claudio permaneció olvidado en una de las carpetas en las que guardo los proyectos que rara vez se hacen realidad. Lo recuperé cuando me separé y tomó la forma de un cuento infantil, que escribí al mismo tiempo que mi alumnado de entonces, en una secuencia didáctica que programé para desarrollar los textos narrativos. Escribimos un cuento, lo ilustramos, lo editamos y lo encuadernamos con el objeto de regalárselo a alguien de nuestro entorno. La copia que conservo es el segundo de los ejemplares de mi particular edición limitada.
De las estanterías de mi casa, pasó a las de una de mis amigas, y allí permaneció hasta ayer, que lo necesité para mostrar, en un curso sobre competencias lingüísticas, a un grupo de profesoras y profesores, que es posible enganchar a nuestro alumnado a la lectura y la escritura, si les damos una razón para ello, si lo que les proponemos tiene una finalidad ligada a la vida-vida.
Algunos de los cuentos que escribimos sirvieron de regalo para niñas y niños que hacían su primera comunión, o que cumplían años, por aquel entonces. Hubo quien decidió quedárselo y conservarlo.
Como ya se sabe que no hay casualidades en esta vida, cuando salí a pasear con Bilbo y Tiza, esta mañana, me encontré a una de las alumnas que estaban conmigo aquel curso. Se ha casado y tiene una niña de dos años, que irá a nuestro colegio en cuanto cumpla los tres. ¿Te acuerdas del cuento que escribimos cuando estábamos en 7º?- me dijo-. Pues, por poco me lo destroza, este trasto, el otro día.Si no llego a tiempo, lo descuartiza. Es de mala... -y añadió bajito- Se parece a su padre.