
"Vive en aguas dulces y cálidas, se introduce en el cuerpo humano a través de la nariz y comienza a devorar el cerebro de su víctima hasta provocarle la muerte. El aumento de las muertes por culpa del Naegleria fowleri,un parásito microscópico y, hasta el momento, raro, está alarmando a las autoridades sanitarias estadounidenses. En el último año, el parásito ha matado a seis niños y jóvenes en Estados Unidos".
Pero lo de la ameba me tenía inesperadamente atemorizada, hasta el punto de que me pasaba el tiempo tumbada, por temor a que con el movimiento la ameba taladrara aún más mi cerebro. Pero lo cierto es que había algo de esta situación que me encantaba: Lola estaba realmente preocupada por mí. Normalmente no soportaría este estado vegetativo, dejando que sean los demás quienes resuelven. Pero si los demás son Lola, entonces es otra cosa, entonces prefiero alimentar esa sensación de debilidad, de dejarme proteger..- He estado investigando sobre la ameba esa, Najwa Nimri.. dijo Lola con una sonrisa.- Naegleria Fowleri, Lola, Naegleria Fowleri Y no me hagas reír que me cuesta mucho hacerlo sin moverme.. –le contesté. (Blasfuemia)
Ayyy!! esta ameba además de parásita estaba hecha toda una castradora, pues a medida que Lola se acercaba a mí aquélla protestaba aguijoneándome en mi querida y en otro tiempo libre cabecita. Se vé que aquel protozoo okupa no iba a dejarme ni un resquicio para poder deleitarme con la caricia que el movimiento de Lola prometía. Sin embargo, Lola no me acarició entonces, se limitó a mirar dentro de los agujeros de mi nariz, que ante mi sorpresa dilatados estaban.- ¿Y si atacaramos por aquí?, preguntó Lola.Los ojos verdes más bonitos de toda la oficina me miraban interrogantes y directos.No respondí. Parecía que nadie me hubiera hablado. Es más, hubiera jurado que la ameba era verde, como sus ojos, como mi coche, como...- Digo, que si llamáramos a un otorrino, con unas pinzas o un fórceps, -todo el mundo sabe que hay amebas más grandes que otras-, quizás te librarías de ese bicho que te está sorbiendo el seso.- Claro, claro, dije yo, buena idea.También sería buena idea olvidarme de esos ojos verdes que se sientan a mi lado de lunes a viernes, pensé. Porque, qué pensaba que era para mí Lola, es más, qué pensaba que era yo para ella. Compañeras. Llevábamos años trabajando juntas, nos llevábamos bien porque nuestros caracteres eran totalmente opuestos y nos compensábamos. No era lógico ir enamorándome de toda aquella que por circunstancias, -en este caso, laborales- cayera cerca de mí en este tiempo. Querer estar enamorada no es motivo para enamorarse. Y fundamentalmente no me gustaba Lola. Sólo sus ojos. Espectaculares. Pero no conozco a nadie que se haya casado por unos ojos.Todo ésto son bobadas, pensé en voz alta. Ya me enamoraría, o no. Lo realmente importante era librarse del parásito. Amores y parásitos, dije mirando al techo, bonito título para una tesis, y aparecían ante mí dos tochos encuadernados en verde, y en relieve, Amores y parásitos en los albores del s XXI. Bobadas, bobadas, se ve que la ameba se alimentaba bien porque mis pensamientos cada vez eran más incoherentes.Mientras yo cavilaba, Lola fue hacia su bolso para buscar el móvil. Tenía una amiga que conocía a un otorrino muy bueno -eso se dice siempre que se conoce a algún médico, para presumir, presumo- y se disponía a llamarla...
Errante
Amores y parásitos, amores parásitos, amores, parásitos, ojos verdes, garfio, cerebro, ameba…
Mi mente parecía haber entrado en una especie de bucle vertiginoso que me arrastraba hacia un abismo cada vez más profundo. Mientras repetía, una y otra vez, las mismas palabras, con la vista fija en la espalda de Lola, las imágenes se hacían más y más nítidas. Era su silueta, no tenía la menor duda, la que me protegía del sol abrasador, la que se recortaba contra los juncos de la orilla. Eran sus hombros, la forma en la ladeaba la cabeza…¡Dios Santo, su cabeza!
—Deja, deja, no llames.
Debió sorprenderle el tono imperativo de mi voz porque cerró el móvil con un golpe seco, se volvió, con la misma cadencia que lo había hecho entonces, y clavó sus ojos en los míos. Sus ojos. Eran sus ojos lo único que deseaba ver al despertar, los que me acompañaban en la soledad de las noches en las que no me reclamaba a su lado. Sus ojos, en los que me reflejaba cuando reíamos, los que me buscaban en medio de la multitud, los que me desnudaban, exigían, suplicaban. Sus ojos.
Me interrogó con la mirada. La misma mirada con la que me había interrogado aquella mañana, a principios de verano, hacía una eternidad, pocas horas antes de iniciar el ritual que la separaría de mí, ¿para siempre?
Tu turno, Morgana.



































